fr. Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

fr. Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Dicho en palabras de Santo Tomás: «Es la virtud que tiene por objeto lo difícil y lo bueno. Por eso, donde hay una especial dificultad hay asimismo una virtud especial. De ahí que el persistir en la práctica de alguna obra buena por el tiempo que sea, hasta su consumación, es objeto de una virtud especial» (Suma de Teología II-II, qq.137-138).

¿Es lo mismo hablar de la perseverancia que de la constancia? No son la misma cosa, sin embargo ambas son virtudes auxiliares de la fortaleza. La perseverancia lo que propiamente hace es permitirle al hombre permanecer en el bien a pesar y en contra de la dificultades que provengan de la labor propia que él realiza. Ella es una virtud que nos ayuda a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que nos ocasione su prolongación temporal. Dicho en otras palabras, es la firmeza y constancia en los propósitos y en las resoluciones de ánimo. 

En cambio, la constancia nos conduce a llevar a cabo lo necesario para alcanzar las metas que nos hemos propuesto, pese a las dificultades internas o externas o a la disminución de la motivación personal por el tiempo transcurrido, sustentando el trabajo a fuerza de voluntad sólida que nos lleva a un esfuerzo continuado, venciendo las dificultades y venciéndonos a nosotros mismos. Dicho en otras palabras, la constancia es lo que fortalece nuestra voluntad para continuar en una meta que nos hemos propuesto y nos ayuda a vencernos a nosotros mismos para no flaquear en lo cotidiano. Así como la tolerancia y la paciencia están dirigidas hacia las personas, la constancia está dirigida hacia un objetivo bueno, una meta o tarea a lograr.

Es decir se es perseverante cuando se supera lo difícil que es mantenerse en el bien. Y se es constante en algo bueno, cuando no nos dejamos vencer por los factores externos que impiden realizar aquello en lo que somos perseverantes.

¿La perseverancia necesita de la ayuda divina? Si, aunque su naturaleza es humana, esta virtud necesita de la ayuda de la gracia porque para mantenerse en el bien es fundamental discernirlo solo desde el espíritu de Dios. El hombre puede distinguir entre el bien y el mal, pero para buscar el bien y mantenerse en el, se requiere de la ayuda divina porque solo no podría hacerlo.

¿Quién es perseverante es terco? No, la perseverancia no es terquedad que es cuando nos obstinamos o nos mantenemos inflexibles en cambiar de opinión o en reconocer que nos hemos equivocado sin siquiera analizarlo, cuando todo nos indica que estamos en el error. A la perseverancia se opone la inconstancia —un gran vicio—, que es la superficialidad con que cambiamos de opinión, de amigos, de trabajo o de objetivos, y demuestra, entre otras cosas, una gran superficialidad e inestabilidad en nuestras vidas. Lo grave de este vicio es que generalmente tampoco lo aceptamos, y nos vivimos disculpando ante los demás y ante nosotros mismos de todos nuestros vaivenes, tratando de dar explicaciones que justifiquen nuestra actitud. Si no conocemos a nuestros defectos interiores no podremos combatirlos. Hay personas que viven situaciones en condiciones tan desfavorables que necesitan tener temple de acero para salir adelante. Para ello hará falta la virtud de la tenacidad, que es  superior aún a la perseverancia por ser más aguda la meta a lograr, más ardua y difícil.

¿Para qué se necesita la virtud de la tenacidad? La tenacidad es la virtud que nos capacita para superar esfuerzos psicológicos superiores, sin que ellos nos venzan o nos fracturen. Es la resistencia relacionada con las tensiones del alma y de la voluntad, que conlleva una lucha espiritual. Por ejemplo podremos ser perseverantes en aprender bien y sin acento un idioma extranjero. Ahora, si queremos obtener un titulo académico teniendo algún impedimento físico que altere nuestros sentidos, necesitaremos enormes dosis de tenacidad —inclusive superando los dictámenes médicos—. Siempre nos generarán enorme respeto las personas que, aún con grandes limitaciones, se imponen a sí mismas un objetivo y nada las detiene.

¿Cómo vincular la constancia, la perseverancia y la tenacidad? Por medio del amor al bien que genera disciplina. La constancia practicada como estilo de vida y la perseverancia en dosis superiores a lo normal y prolongada en el tiempo, llevan a la tenacidad que florece sobre todas estas virtudes. La tenacidad no es terquedad, manteniéndonos enceguecidos. Esta no es una actitud cristiana sino viciada. La persona tenaz tiene ideales y objetivos elevados que la sostienen porque provienen de su propia naturaleza y de la divinidad.

Y ahora reflexionemos: ¿Cuáles son mis actos perseverantes, constantes y tenaces que me mantienen virtuosamente en el bien?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la magnanimidad

Martes, 16 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos dispone a dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad.

¿Cuál es el alcance de esta virtud? Que va más allá de una simple ilusión de hacer las cosas bien. Porque el magnánimo en sus propósitos aleja la envidia y el resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia.

¿Entonces la generosidad y la magnanimidad se tratan de lo mismo? No, ambas son virtudes cercanas y relacionadas. Sin embargo hay que decir que el generoso es desprendido de sí mismo, incluyendo sus riquezas materiales y espirituales. Y el magnánimo no necesariamente actúa con generosidad, ya que lo principal es que considera como propio el honor por haber realizado algo arduo, no cualquier cosa. Porque lo busca es actuar siempre con grandeza, La grandeza que busca el magnánimo no es para hacerse notar, sino porque le interesa hacer ciertas cosas difíciles de la mejor manera.

¿En que consiste el honor que busca la magnanimidad? En que la persona reconoce que el honor por la satisfacción del deber cumplido, proviene de Dios. De esta forma la persona vincula su esfuerzo personal en la relación con Dios de tal manera que reconoce que sin él no puede hacerlo. El honor por tanto consiste en sentirse hijo de Dios amado por él.

¿Qué relación tiene la magnanimidad con las demás virtudes? Que la magnanimidad para aspirar a los grandes honores provenientes de Dios, es la virtud que me permite ordenar las demás virtudes —que deben ejercitarse excelentemente— para que su vida tenga una verdadera condición filial respecto a Dios.

¿Cómo saber si se actúa magnánimamente? Porque cuando realizamos actos difíciles procurando hacerlos de la mejor manera, no hacemos alarde del buen resultado que obtenemos o del buen proceso que llevamos en aquello que queremos lograr. Presumir de lo que hacemos no tiene nada de virtuoso, eso sería actuar para hacernos notar y muchas veces si este es el fin la soberbia es la que nos impulsa a actuar, no la búsqueda del bien a partir de la magnanimidad.

¿Cuáles son los vicios de la magnanimidad? La soberbia, la cobardía y la mediocridad. De estos tres se desprenden muchos más que no dejan que la persona busque la perfección del bien. La soberbia —como dijimos anteriormente— se conoce porque hacemos alarde del resultado parcial o total obtenido. La cobardía nos aleja del bien que buscamos, sin ni siquiera intentarlo. Y la mediocridad nos lleva a actuar buscando caminos fáciles y muchas veces ilícitos para obtener un bien. Además cuando se actúa con mediocridad, no se hace por el gusto de hallar un bien arduo de conseguir, sino que nos preocupa es el deber de cumplir, más no el querer hacer un bien.

Un claro ejemplo de la virtud de la magnanimidad, nos lo ha enseñado el Papa Benedicto XVI. Primero porque sintiéndose ya entrado en años, estaba organizando su jubilación en los cargos administrativos de la curia romana, cuando fue elegido Papa; y pudiendo decir que no dijo si. Y segundo porque con la renuncia que él mismo hizo a la cátedra de Pedro años después, nos enseñó que en verdad ejerció su papel de pontífice con magnanimidad, demostrándonos que no actuó por poder sino por servicio. Vale la pena leer estas cortas palabras Benedicto XVI sobre el inicio de su pontificado, donde nos señala que Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien:

«Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor:  ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve carta que me escribió un hermano del Colegio cardenalicio. Me recordaba que durante la misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret:  ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir:  sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su carta:  “Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre”. Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos, un cristiano jamás está solo». (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los peregrinos alemanes, 25.4.2005).

Ahora reflexionemos: Concretamente ¿qué debo cambiar de mi vida para salir de la soberbia, la cobardía, la mediocridad y actuar con magnanimidad?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la generosidad

Miércoles, 10 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos dispone a realizar grandes gastos para realizar adecuadamente una gran obra. También es conocida como la virtud de la munificencia.

¿El gasto se refiere solo al ámbito económico? No, se trata de gastar todo lo que este a nuestro alcance para lograr algo bueno. Dicho de otra forma, es un gasto que consiste en desgastarse por algo bueno.

¿Qué es lo fundamental de esta virtud? Aprender a dar la vida por los demás. esto implica darlo todo, desde los propios bienes materiales hasta los espirituales: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» Jn 15,13.De ahí que el hombre munificiente es uno que da con generosidad real, que no hace las cosas buscando el beneficio propio sino magnífica, de acuerdo con la recta razón.

¿Quién es realmente el generoso? El que da de lo que tiene, no de lo que le sobra. La persona generosa es aquella que regula el uso de las riquezas personales. Tal cual como nos lo enseña Jesús, en el donativo de la viuda: «De verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra; esta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir». Lc 21,3-4. 

¿La persona generosa siempre es justa? No, ambas virtudes se relacionan estrechamente porque coinciden en lo mismo: el dar un bien a otro. Sin embargo, el hombre justo da un bien como consecuencia de una deuda extrínseca y en cierta medida, exigible por el acreedor. En cambio, la generosidad no se funda en un deber extrínseco, sino en un deber que el propio sujeto se impone a sí mismo en la medida en que vive desprendido de sus posesiones.

¿Cuál es el vicio de la generosidad? El egoísmo y todos lo que se puede derivar de el. Quien es egoísta solo piensa en el beneficio propio. No le interesa desgastarse por los demás y mucho menos por sí mismo. No se puede confundir la generosidad con la adulación, pues esta solo busca dar ‘golpes en la espalda’ para solicitar algún beneficio. Solo la persona generosa se desgasta por otro o por algo bueno, donde incluye toda su vida conformada por riquezas materiales y espirituales.

Pensemos en la obra de la Redención —Cristo dio su vida por nosotros— que muchos santos han contemplado y escrito sobre esto mismo, pues se trata de un acto no solo generoso y magnánimo, sino que es el hecho mismo del amor de Dios que nos salva. Un bello ejemplo lo encontramos en este soneto a Cristo crucificado que compuso Santa Teresa de Jesús:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

¡Tú me mueves, Señor!  Muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme en fin, tu amor, y en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Ahora reflexionemos: ¿Por quién me desgasto de manera virtuosa?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador! 

La virtud de la paciencia

Martes, 02 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que se encarga de ayudarnos a tolerar los males con un ánimo tranquilo, es decir sin ningún tipo de perturbaciones, para que no abandonemos por nuestro desanimo las acciones que nos llevan a bienes mayores.

¿Entonces es una virtud que nos hace soportar todos los males? No, el paciente sobrelleva los males para conseguir un bien. No se trata de soportar todo lo que nos afecta negativamente porque no hay solución; esto sería un acto de negligencia y no de virtud.

¿Cuál es la diferencia entre la virtud de la Paciencia y la de la Fortaleza? En primer lugar hay que decir que la Paciencia es una virtud auxiliar de la Fortaleza y esto las relaciona estrechamente. En segundo lugar mientras que la Paciencia se dedica a tolerar los males para conseguir el bien, la Fortaleza ayuda para que la persona sea cada vez más fuente ante las tentaciones que se le presentan en el camino, para conseguir el bien anhelado.

¿La Paciencia es una virtud humana? Tiene su origen a partir de la virtud de la Fortaleza humana, pero solo puede desarrollarse como tal con el auxilio de la gracia. Es decir la persona paciente necesita que la gracia divina le señale el bien anhelado, para que el hombre lo identifique como un fin. Además la gracia también nos ayuda para soportar los males de forma sobrenatural.

¿Cuál es la relación estrecha que tiene la Paciencia con la gracia divina? Se encuentra en la Longanimidad como Fruto del Espíritu Santo, pues ahí se manifiesta la victoria de la Paciencia. Para lograrlo la persona necesita llevar una vida de oración y de comunión filial con Dios. Recordemos que los Frutos del Espíritu Santo son una gracia que Dios permite vivir a las personas que cultivan y piden en la oración constante los Dones del Espíritu Santo. Dicho de una manera más sencilla, los Frutos del Espíritu Santo son el resultado de vivir en la gracia de Dios. Tal cual como las frutas que brotan de la tierra, no se puede obtener un fruto sino se cultiva la semilla y se cuida el proceso de crecimiento.

Ahora bien, la tradición de nuestra Iglesia nos enseña que los Frutos del Espíritu Santo son 12. Así lo afirma la Sagrada Escritura (Ga 5,22-23); y también lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC 1832) afirmando que ellos son “primicias de la gloria eterna”. Pues bien, uno de ellos es el Fruto de la Longanimidad, el cual consiste en el animo sobrenatural, que recibe la persona para tener mayor resistencia ente las dificultades que se oponen al bien que se desea conseguir, permitiéndonos mantener perseverantes ante las dificultades. Y se puede decir que este fruto es la victoria de la Paciencia, porque cuando se recibe la ayuda del Espíritu Santo por medio de la Longanimidad, la Paciencia queda envuelta bajo la gracia divina. La persona paciente y bendecida por la Longanimidad, no solo es capaz de sobrellevar cualquier dificultad, sino que se convierte en un maestro de vida espiritual ante las dificultades.

¿Qué santos en nuestra Iglesia son modelos de paciencia? Todos los santos son modelos de santidad, no hay ningún santo que no sea Paciente. Existen algunos que tal vez en esta virtud se destaquen más, pero para conseguir la gracia plena de Dios, la Paciencia es una virtud que nos la garantiza con seguridad.

¿Cuál es el vicio de la Paciencia? La impaciencia. Para la persona impaciente esperar es una tortura, es más el impaciente se puede considerar un ególatra, pues todo lo desea, lo quiere inmediatamente afirmándose él mismo como el centro de todo. De ahí que el impaciente sufra constantemente y cuando le corresponde esperar, aguanta y soporta sin ningún tipo de sentido, pues está tan ciego encerrado en sí mismo que no ve el bien que esta detrás de la espera.

¿Qué peligros atentan contra esta virtud hoy? Todos aquellos donde se encuentra involucrada la impaciencia. Sin embargo es de gran notoriedad la inmediatez en la que vivimos. Nos gustan las soluciones rápidas, somos seguidores de personas de frases cortas y profundas, sea cual sea nuestro trabajo queremos resultados pronto, las redes sociales nos motivan vivir públicamente segundo a segundo nuestra vida. Por eso cuando nos llega alguna enfermedad, calamidad o cualquier tipo de crisis, comúnmente nos enloquecemos, porque no somos pacientes, solo ‘aguantamos para ver que se puede hacer’, pero esto no es ser paciente, esto es aguantar para recobrar la esquizofrenia constante de la inmediatez.

Y para nuestra reflexión preguntémonos: ¿Soy una persona virtuosamente paciente o soy de los que prefieren aguantar y soportar?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la fortaleza

Lunes, 24 Septiembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Ella se encarga de reafirmar las decisiones que tomamos en nuestra vida para mantenernos en el bien; y de esta manera nos ayuda a resistir frente a las tentaciones que se nos presentan. Además también nos ayuda a superar los obstáculos en la vida moral.

¿Por qué es tan famosa esta virtud? Porque la fortaleza es una de las cuatro principales virtudes cardinales, también llamadas morales. Por tanto es una virtud humana, no es sobrenatural. Su trabajo concreto está en ordenar los apetitos, gustos y pasiones cuando se afectan por la ira.

¿Qué dice la Iglesia sobre la virtud de la Fortaleza? Existen muchos documentos eclesiales y escritos de grandes santos sobre esta virtud. Sin embargo la voz de la Iglesia respecto de esta virtud en concreto, la encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La fortalezaes la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal118, 14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn16, 33)». CEC 1808.

¿Cuál es la diferencia entre la virtud de la fortaleza y el Don de la fortaleza proveniente del Espíritu Santo? En que la fortaleza como virtud es humana, por tanto es común a todos los hombres y no tiene nada que ver con el credo religioso. De ahí que las personas tengamos disciplina y coraje par hacer las cosas bien y superar obstáculos.

Ahora bien, el Don de la Fortaleza es sobrenatural, es decir proviene de Dios no de la naturaleza humana. El Espíritu Santo le concede este preciado Don a las personas para hacerlos más fuertes y firmes en la fe divina; y de esta manera adquieren una fuerza sobrenatural constante, para luchar contra los obstáculos imposibles para la naturaleza humana, que se oponen al amor de Dios.

¿Cómo obtener el Don de la fortaleza? Los Dones del Espíritu Santo se obtienen mediante la vivencia de las virtudes humanas y por la constante vida de oración. Por ejemplo alguien puede ser muy virtuoso en la fortaleza, pero si no es creyente en Dios, nunca obtendrá el Don de la Fortaleza. Pues para gozar plenamente de las virtudes y los Dones del Espíritu Santo, es indispensable la fe. Ya que ella —la fe— es una de las tres virtudes teologales que nos prepara para recibir toda Gracia sobrenatural.

No podemos limitar la acción de Dios, el obra en todas las personas inclusive en los no creyentes. Dios a ellos les puede conceder muchas Gracias sobrenaturales, pero la persona siempre será libre de aceptar estos Dones o no. No se trata de una ‘magia especial’ sino que es una ayuda sobrenatural que solo se puede ver y ser consiente de ello, por medio de la fe.

¿Cuáles son los vicios que se oponen a la virtud de la fortaleza? La cobardía, la impavidez y la audacia.

  • La cobardía: Porque consiste un miedo constante que nos impide ser valientes ante el mal. Generalmente el cobarde se esconde, no enfrenta la realidad y vive justificándose. Tristemente el cobarde aparenta dejar de serlo, cuando es señalado de miedoso, pues se muestra como valiente cuando en realidad no quiere enfrentarse al mal para derrotarlo a fuerza de bien.
  • La impavidez: Cuando nada se ama, nada se teme, por tanto la impavidez consiste en la corrupción del amor. Pensemos por ejemplo, lo que no se ama no se puede conocer. Ahora bien, decimos que amamos a alguien, es porque lo conocemos y queremos lo mejor para aquella persona que amamos. Por eso existe el temor de que algo malo pueda sucederle al ser amado. Pero tristemente existen personas que no les importa nada, viven con una actitud suicida y esto no solo los destruye a ellos, sino a la sociedad que comienza a sentirse valiente porque nada los asusta. Una sociedad que no ama es un pueblo que no tiene identidad, porque su frialdad se convierte en impavidez.
  • La audacia: Es el grado máximo de la perversión de la fortaleza, porque el audaz se cree tan valiente que desafía los peligros consiguiendo lo que nadie obtiene. Inclusive, puede conseguir cosas antes de tiempo. Este tipo de personas viven en constante pecado, pues se saltan las leyes y las normas divinas y naturales. Para el audaz no existe el temor de vivir sin Dios, sino de no conseguir lo que se propone. Sin embargo es increíble como los audaces viven orgullosos de estar siempre de manera firme en el peligro; y una vez estando en él se llenan de temor, pero no lo manifiestan por soberbia. La audacia no es ningún tipo de inteligencia, ni habilidad, ni mucho menos una característica de la brillantez. Y no se puede confundir con la astucia, pues esta también es un vicio que nace de la avaricia y solo se preocupa por el beneficio personal, oponiéndose a la virtud de la prudencia —en una próxima reflexión hablaremos de esto último—.

¿Entonces no es malo sentir miedo? Claro que no, el miedo hace parte de la naturaleza humana. Sentimos miedo cuando algo atenta contra lo que amamos. Por ello es necesaria la virtud de la fortaleza para superar el miedo; y de esta manera proteger lo que amamos. De ahí que el valiente solo resista ante el miedo, gracia a la virtud de la fortaleza, pues ella nos permite ser fuertes conforme a la razón.

Es claro que quien ama a alguien —o a sí mismo—, sienta miedo de que algo malo le ocurra a quien ama. Nunca querrá exponerlo ante el peligro, esto sería insensatez. Por ello la fortaleza como virtud nos permite proteger a quien amamos, porque ella se nos presenta en situaciones de las cuales no podemos salir, sino superando aquello a lo que le tememos, porque nos pueda hacer daño o afectar a quien amamos.

Ahora reflexionemos y preguntémonos:¿Soy una persona virtuosamente fuerte?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador! 

La virtud de la mansedumbre

Miércoles, 19 Septiembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? La mansedumbre es una virtud  que nos ayuda a calmar la pasión de la ira.

¿En que consiste la ira? La ira es una pasión humana que afecta nuestros apetitos y gustos. Y cuando se desordena busca el deseo de venganza como si fuera una sanción por algún mal que padecemos; o porque algo no salió como esperábamos.

¿Entonces es mala la ira? No, es un pasión que todos tenemos y por tanto hay que ordenarla para que se encause debidamente. La ira ordenada, nos da la fuerza, el vigor y la valentía para hacer las cosas sin rendirnos tan fácilmente. Es más, la ira nos ayuda a conseguir el bien que deseamos, sin ocasionar ningún tipo de venganza.

Cuándo la ira está ordenada ¿cuál es la función de la virtud de la mansedumbre? Aparentemente ninguna, puesto que la mansedumbre es una virtud que aplaca la ira cuando ella está desordenada. Ahora bien, aunque tengamos nuestra vida afectiva ordenada, es probable que no seamos personas irascibles, sin embargo existe la posibilidad, que por alguna causa la ira se nos despierte de una manera desbocada. Y es en ese preciso momento, cuando la mansedumbre nos ayuda a recobrar la cordura.

¿Cómo se relacionan la virtud de la mansedumbre y la ira? Por medio de la recta razón, ya que es una virtud que permite ser dueños de nosotros mismos, cuando tratamos de perder el control de nuestros actos a causa de un estado colérico. Es decir que cuando la ira toma posesión descontrolada de la persona, se convierte en un ser totalmente desconocido, porque su furia enceguece la razón. Por tanto la mansedumbre no deja que la ira llegue al extremo de hacernos perder la cabeza, a pesar de que nuestra vida afectiva esté desordenada. Sin embargo quien considera que tiene los afectos en orden, también puede desarrollar estados de ira, donde también allí la mansedumbre puede ayudarnos a recapacitar sobre nuestros actos. De ahí que una persona se reconozca mansa solo cuando ha sido probada por la ira.

¿Es correcto entonces enfadarse? Claro que si, hace parte de nuestra personalidad. El enfado es una muestra de que la ira está presente en nosotros. Lo importante es justificar nuestros disgustos; y si lo son por a causa del beneficio de la verdad, de la justicia y de la caridad hay que hacernos sentir, mediante el enfado pero sin perder la razón, esa es la excelencia de la mansedumbre. No olvidemos que el mismo Jesucristo se enfadó con los mercaderes del templo: «Jesús en el Templo y comenzó a echar fuera a los vendedores y compradores; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo» Mc 11,15-16.

¿Cuál es el vicio de la mansedumbre? La cólera, que es la misma ira. Es decir cuando la ira alcanza el deseo de venganza y desordena la razón se le llama cólera. Pero cuando se ordena para el bien, la ira se convierte en una gran pasión. Ahora respecto de la cólera, ella tiene alcances que deshumanizan y llevan a la enfermedad del cuerpo y del alma. Esto se presenta porque la sed de la venganza es insaciable y permite que aparezca el rencor.

¿Es imposible alcanzar la santidad si se tiene un temperamento irascible? No es imposible, es cierto que la mansedumbre aplaca la ira, pero esto no garantiza la santidad de la persona. Sin embargo, quienes tienen un temperamento irascible deben encausarlo en beneficio del Reino de los Cielos. Hay muchos santos que practicaron la virtud de la mansedumbre y encausaron su ira en el bien y en la justicia, por ejemplo: San Pedro el apóstol, San Pablo apóstol, San Jerónimo, San Ambrosio de Milán, San Agustín de Hipona, San Juan Crisóstomo, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio del Loyola, San Francisco de Sales, San Francisco Javier, Santa Eulalia, San Pío de Pietrelcina; y una larga lista de santos con carácter recio e irascible.

En importante recordar que en Jesús se encuentran todas las virtudes, humanas y sobrenaturales. Por ello una vez más, él es ejemplo de mansedumbre: «Vengan a mí todos los que estén fatigados y sobrecargados, y yo les proporcionaré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»  Mt 11,20-30.

Y para nuestra reflexión preguntémonos:¿Qué tan manso soy?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador! 

La virtud de la humildad

Martes, 11 Septiembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? La humildad es una virtud derivada de la templanza, la cual le permite al hombre tener cierta facilidad, para moderar el apetito desordenado de la propia excelencia. De esta manera recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. 

Santo Tomás de Aquino define esta virtud como: «La humildad significa cierto laudable rebajamiento de sí mismo, por convencimiento interior» (Suma de Teología II-II, q.161). Y Santa Teresa de Ávila dice al respecto: «La Humildad, es el cimiento de todo […] porque la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira» Santa Teresa de Ávila (Moradas Séptimas 4, 9).

¿Qué es lo propio de la humildad? Remover los impedimentos para la vida divina en el hombre, que son la soberbia y la vanagloria que obstaculizan la gracia. 

¿Qué beneficios obtenemos respecto de las demás personas cuando actuamos bajo la virtud de la humildad? Aceptamos el diálogo fraterno con otras personas que nos hacen ver nuestros errores, para que mejoremos y caminemos en la perfección. Hay que estar abiertos a la corrección fraterna. De esta manera nos podrán decir nuestras faltas sin que nos enfademos, nos defendamos y sin que tratemos de justificarnos. Agradeciendo la corrección como una colaboración que nos prestan para mejorarnos.

Si es tan importante esta virtud ¿qué la puede causar? Son dos las fuentes de la humildad, la acción de Dios y la acción del hombre:

  • La acción de Dios: Incluye todo aquello que hace Dios para procurar nuestra humildad, lo que en su providencia permite o dispone en orden a nuestra humildad, así como la Gracia que infunde en nuestras almas.
  • La acción del hombre: Se refiere al esfuerzo que ha de poner la persona para crecer en humildad, lo cual se concreta en los medios principales de que dispone para desarrollar esta virtud.

¿Qué cosas atentan contra la humildad hoy? La soberbia, la vanagloria y todo lo que se pueda derivar de ellas. En nuestra sociedad se destaca por ejemplo ‘el creernos humildes’ diciendo que lo somos. Y también es muy usual ‘la falsa compasión’ que generan algunas personas que han cometido actos en contra de la moral de manera pública, manifestando un sentimiento cínico de pesar.

Es lamentable también que tengamos personalidades públicas carentes de humildad. Basta con fijarnos en los deportistas, los cantantes y los artistas en general, que se presentan como los ‘intocables’ por que son los mejores. Tristemente el mensaje que transmiten al mostrar sus éxitos, es una petición de adoración como si fueran dioses. 

¿Cómo se puede perfeccionar la humildad? Por medio del Don de Temor de Dios, el cual hay que solicitarlo por medio de la oración. Y también mediante el Fruto de la Paz que es propio del Espíritu Santo. Es necesario recordar que el Don de Temor de Dios, se refiere al temor que debemos tener en apartarnos de Dios y vivir sin él; cosa distinta en temerle a Dios. Y los Frutos del Espíritu Santo, son un resultado por la vivencia de los Dones; de ahí que no creamos en las mentiras de los políticos que pretenden ‘negociar la paz’.

Ante la humildad el mismo Santo Tomás recuerda los siguiente: «Después de las virtudes teologales y de las intelectuales, que ordenan a la misma razón, y de la justicia, sobre todo la legal, la humildad es la más excelente de todas» (Suma de Teología II-II, q.161 a.5).

¿Qué es son los grados de la humidad? La virtud de la humildad está en el hombre por naturaleza. Sin embargo cuando hablamos de ‘los grados de la humildad’, nos referimos a las enseñanzas que nos brindan los grandes santos de nuestra Iglesia, los cuales consisten en un progreso espiritual para alcanzar la perfección.

¿Cuántos son los grados de la humildad? Muchos santos y teólogos han estudiado esta virtud y la han clasificado de muchas maneras. Son innumerables los estudias de los grados de la humildad. Por ejemplo para San Anselmo de Canterbury son siente (7). Para Santa Teresa de  Lisieux—conocida como Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz—, todos los grados se resumen en la ‘pequeñez’. Pero tal vez los más estudiados y conocidos sean los doce (12) grados de la humidad que enseñó San Benito de Nursia; y estos mismos los enseña Santo Tomás de Aquino (Suma de Teología II-II, q.161, a.6, prol.). Estos son:

  1. Tener siempre los ojos bajos y manifestar humildad interior y exterior.
  2. Hablar poco y bien y en voz baja.
  3. No ser muy propenso a la risa.
  4. Ser taciturno hasta ser interrogado.
  5. Observar lo prescrito por la regla común del monasterio.
  6. Creerse y comportarse como el último de todos.
  7. Confesar sinceramente la inutilidad para todas las cosas.
  8. Confesar los propios pecados.
  9. Llevar con paciencia la obediencia en cosas ásperas y difíciles.
  10. Someterse a los mayores por obediencia.
  11. No tratar de satisfacer la propia voluntad.
  12. Temer a Dios y conservar el recuerdo vivo de todos sus beneficios.    

Con el corazón en la mano preguntémonos ahora: ¿Qué tan humilde somos?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador! 

La virtud de la continencia

Martes, 04 Septiembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtudque nos educa en el deseo sexual, resistiendo a las malas pretensiones que se dan con frecuencia en nosotros.

¿Entonces es lo mismo continencia que castidad? No, la continencia es una virtud hija de la templanza que nos ayuda a moderar el apetito sexual; mientras que la castidad es un Fruto del Espíritu Santo, que se presenta en nosotros como resultado de vivir en la Gracia de Dios por medio de sus Dones y carismas especiales que nos concede. Así lo encontramos en la Palabra de Dios (Ga 5,22-23) y en el Catecismo de la Iglesia Católica. (CEC 1832).

Todo hombre si no es virtuosamente continente, difícilmente podrá ser casto. La virtud de la continencia nace del esfuerzo humano. Y solo si nos presentamos plenamente humanos ante Dios podemos alcanzar la perfección sobrenatural que él nos brinda.

Dicho de una manera más práctica, solo el que es continente puede vivir la Gracia divina plenamente. Es más, el continente lleno de la Gracia de Dios puede ser casto según su estado de vida: casado, sacerdote, religioso, soltero o viudo. Puesto que la castidad es un Fruto del Espíritu Santo que se nos da de manera sobrenatural para amar mejor. Vivir castamente no es ‘aguantarnos o privarnos de tener encuentros sexuales’. Vivir castamente es amar libremente en fidelidad y esto supone un compromiso vitalicio con alguien ante Dios.

¿Qué es lo propio de la continencia? Frenar las pasiones, apetitos y los gustos que buscan conseguir el deleite por medio del sentido del tacto. Hay que recordar que las pasiones, apetitos y los gustos deben ser ordenados por nuestra razón, para que no busquemos deleites pasajeros sino gozos perdurables. En este caso la continencia nos ayuda a ordenar todos las pasiones, apetitos y gustos que tienen que ver con el sentido del tacto, en especial el apetito sexual. De ahí que algunos santos de nuestra Iglesia enseñen la continencia como la forma recta de combatir los desórdenes concupiscibles —pasiones, apetitos y gustos—.

¿Cómo podemos saber que somos virtuosamente continentes? En primer lugar debemos ordenar nuestra vida afectiva. En segundo lugar debemos amar el orden que le hemos dado a nuestra vida afectiva, según el estado de vida que tengamos. Si lo anterior es claro, cuando aparezca algún tipo de gusto fuerte o apetecible, resistiremos a el, porque lo que buscamos es el gozo en las personas que amamos, no en lo que nos despierta una nueva oportunidad de deleite. Es decir, la virtud de la continencia solo se puede conocer cuando aparece la tentación que nos instiga a desordenar nuestra vida afectiva.

¿Cuál es el vicio de la virtud de la continencia? La incontinencia. La persona incontinente es aquella que vive en un desorden afectivo, que todo lo quiere poseer, todo lo quiere tocar y en todo se quiere deleitar. Al incontinente no le preocupa la felicidad como gozo eterno, para él lo primordial está en poseer la mayor cantidad de placeres posibles. Tanto es la lucha de una persona incontinente por permanecer en el placer constante, que no lo importa sacrificar lo que sea. Más aun, el incontinente con el paso del tiempo reconoce que se ha vuelto adicto al placer sexual; por ello afirma necesitarlo para vivir.

¿Qué peligros encontramos en nuestra sociedad para no vivir la continencia? Hay una gran sinnúmero de peligros, pero todos tienen que ver con el desorden del amor. Una persona desordenada en el amor busca el placer sin limite, todo lo quiere tocar y poseer porque no se halla así misma. De ahí que comprendamos las infidelidades, la promiscuidad, los trastornos de la personalidad como la homosexualidad y el transexualismo.

El mundo de hoy nos enseña a consumir, pero no a amar. Por eso vivimos en una sociedad erotizada —hedonista—, donde solo busca el placer por el placer. Por ejemplo es ‘normal’ que las mujeres exhiban sus senos públicamente para provocar sexualmente a quien las mire; pero no lo es cuando se trata de alimentar a sus hijos públicamente, ya que en algunos países esto causa rechazo ¿el mundo al revés?

Papás por favor pensemos: ¿es normal que si ustedes tienen una hija —por ejemplo— y en un futuro ella les presenta su ‘novia’, ustedes no hacen nada porque esto es ‘normal’? ¿Hasta donde ha llegado la locura del desorden afectivo, que nos ha hecho actuar en contra del orden natural establecido por Dios? No olvidemos que algunos padres ‘tan preocupados por sus hijos’ buscan ahora cambiarles la identidad sexual porque nacieron en el cuerpo equivocado. Y ni hablar de las justificaciones que hacemos para aprobar las infidelidades en las parejas. De la misma forma que en muchos lugares aprobamos con ‘normalidad’ que algunos los sacerdotes sean homosexuales y tengan derecho a satisfacer sus necesidades sexuales con personas adultas ¿por favor en que mundo vivimos?

¿Cómo educarnos en el amor? En la familia. No existe otro lugar más privilegiado para aprender amar que en el hogar. De ahí la importancia de educarnos con papá y mamá. En casa hemos aprendido que el amor no es una decisión, el amor es un sentimiento que nos involucra como personas. No podemos vivir el amor en soledad, el amor de casa es la escuela que nos enseña a sufrir y a ser responsables con nuestras decisiones de vida. Si hoy hemos perdido el rumbo del amor que nuestros padres nos enseñaron, vale la pena hacer un alto en el camino para hacer nuestro examen de conciencia.

Por más que las personas hayan perdido a sus seres queridos a temprana edad, sean adoptados o hayan crecido dejos de la familia; el amor de la familia es una realidad de la que nadie se escapa. En nuestra historia de vida siempre hubo alguien que nos educó y procuró para nosotros el bien. Esto demuestra que del amor venimos, en el amor vivimos y al amor volveremos. Por tanto no tenemos excusas para ordenar nuestra vida afectiva y practicar la virtud de la continencia.

Sin embargo, la tipología del amor es muy variada y la Iglesia Católica no es ajena a esta realidad. Por el contrario es la Iglesia una maestra en orientarnos en el amor. Muestra de ello son los innumerables escritos de muchos santos sobre el tema del amor; por ejemplo vale la pena leer las cartas y las obras de: San Ignacio de Antioquía, San Clemente Romano, San Agustín, San Bernardo de Claraval, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, entre otros grandes pensadores cristianos especialistas en la pedagogía del amor. Recientemente el Papa Benedicto XVI le dedicó al amor una de sus grandes cartas encíclicas: Desus Caristas Est —Dios es amor—. Pero ¿realmente si nos preocupamos por leer estos textos y estudiarlos?

Ahora preguntémonos: ¿Mi vida afectiva está ordenada de tal forma que la fidelidad y el amor permanecen juntos?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la eutrapelia

Martes, 28 Agosto 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos ubica en el justo medio entre el espíritu de relajación lúdica y el exceso en la seriedad. Dicho de una forma más cercana y menos técnica, la eutrapelia es la virtud por la cual nos aprendemos a divertir correctamente.

¿Por qué es virtuosa la forma de divertirse? Porque el hombre se divierte para descansar de las múltiples tensiones que implican las actividades más serias de la vida. La persona necesita un descanso —físico y psíquico— en su vida diaria, para poder recobrar energías y continuar con las tareas propias del quehacer diario. Por tanto saberse divertir es un acto de virtud.

¿Cómo se regula una sana diversión? Por la razón humana. No se trata de divertirnos por instinto o porque no tenemos nada más que hacer. Lo eutrapélico está en saber conseguir la forma correcta de divertirse.

¿Qué tan necesario es divertirse? Es una necesidad fundamental para el desarrollo como personas y para la convivencia humana. Porque solo aquel que sabe divertirse, es quien realmente conoce el sentido de la vida: el amor. 

Pensemos por ejemplo en la necesidad que todos tenemos de descansar para hacer mejor nuestras tareas; quien no lo hace se agota más rápido y no hace bien su trabajo. Pero hay ocasiones en que las personas por más que se diviertan en su tiempo de descanso —así sea muy prolongado—, no descansan ¿por qué? Porque no se sienten amados. Solo la persona que se siente amada en su tiempo de descanso, sabe que la sana diversión con los suyos es el mejor ‘combustible’ para ‘recargar baterías’ y continuar con su labor. De ahí que no toda diversión proporciona el verdadero descanso.

Caso contrario, sería el de aquella persona que aunque casi nunca tiene tiempo para descansar de su trabajo, se siente amada por los suyos. Comúnmente estos casos están asociados a la injusticia del Estado y de aquellos empresarios que consideran que no tienen trabajadores a cargo sino esclavos. Sea cual sea la razón, del precario descanso, tampoco hay virtud en estas personas. Es cierto que a pesar de su duro trabajo, lo hacen con un alto grado de motivación; y aunque busquen la diversión en lo que hacen, jamás será un acto que busque la eutrapelia, pues el desorden en el que viven terminará asfixiándolos por el exceso de trabajo.

¿Cuándo divertirnos? Cuando estamos cansados de nuestra labor diaria, en ese momento hay que parar, mirar a los seres que amamos y preguntarnos ¿cómo voy a descansar? Es ahí cuando la virtud de la eutrapelia nos permite liberar la tensión, como aquel deportista que es tan ágil que sabe lo que hace para no perder y cambia de estrategia en pleno juego. Aquel hombre virtuoso que posee la eutrapelia, es tan serio en su rectitud moral que es capaz de mirar fácilmente a las cosas bellas, joviales y recrearse en ellas sin lastimar a nadie; y mejor aun fortalecido continúa su trabajo.

¿Quién se sabe divertir es feliz? No, es falso decir que la felicidad consiste en pasarla bien, sabiéndose divertir y reír. El deleite que provoca la diversión no se ordena directamente a la felicidad de la persona, sino sólo a la acción que busca realizar. De ahí que sea falso decir que tener muchos momentos de alegría es sinónimo de felicidad.

¿Cómo buscar una sana diversión? Santo Tomás de Aquino dice que para hallar una sana diversión conforme a la razón, es importante cuidar de tres cosas (Suma de teología II-II q.168, a.4):

  1. Evitar que el deleite se busque en actos imperfectos o nocivos.
  2. Evitar que se pierda la recta conciencia, pues podemos recrearnos en lo malo sabiéndolo. De esta forma ’la gravedad del espíritu’ se perderá totalmente.
  3. Procurar que el juego sea conforme con el tiempo y la dignidad de la persona.

¿Cuáles son los vicios más frecuentes de la eutrapelia? La bomología, la irrisoriedad y la agroikía. Estos nombres especiales son tomados del tratado que Santo Tomás realizó sobre  la eutrapelia basado en Aristóteles:

  • La bomología: El bomólogo es aquel que se excede en la diversión, pues vive en tal desorden que busca divertirse y provocar la risa. Parece un bufón porque siempre está pendiente de lo ridículo, nunca actúa con decoro y tampoco le preocupa ofender a los demás. Tal es el grado de desorden en el que viven los bomólogos que no les preocupa que ellos mismos sean objeto de la risa; y tampoco distinguen de la gravedad de las circunstancias para bromear. Tal vez en el idioma español, podamos emplear los términos truhán y bufón para referirnos a este tipo de personas.
  • La irrisoriedad: El irrisor por naturaleza actúa con maldad. Este procura divertirse a costa de sus bromas pesadas, pues siempre son ofensivas y causan daño. Para el irrisor no existe la diversión sino logra burlarse ofendiendo a alguien. Un ejemplo claro lo tenemos cuando los soldados romanos coronaron de espinas a Nuestro Señor Jesucristo; además lo vistieron con un manto púrpura y una caña, para burlarse de él porque ellos entendían que se hacia llamar ‘rey de los judíos’ (Mt 27,29).
  • La agroikía: El agroico es aquel que considera que todo tipo de diversión es inútil. Por tanto de ninguna manera acepta y provoca las bromas. Es decir estamos ante un amargado.

Ahora preguntémonos: ¿Cómo me divierto yo?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la estudiosidad

Lunes, 20 Agosto 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata la virtud de la estudiosidad? Es una virtud permite la aplicación intensa de la mente a algo, para conocer en profundidad, moderando el apetito o deseo de saber.

¿Qué tiene de virtuoso estudiar? El estudio como tal no es una virtud. Ahora bien, la virtud de la estudiosidad es necesaria cuando la persona busca conocer algo que le inquieta. Pues esta pasión por saber, debe tener un límite moderado conducido siempre hacia el bien y nunca de manera desenfrenada.

¿Conocer la verdad es malo? Claro que no, siempre debemos actuar buscando la verdad. Y en ello la estudiosidad nos ayuda, pues permite que no caigamos en distracciones o perdamos el norte de lo que deseamos conocer. De  manera que para adquirir la virtud de la estudiosidad necesitamos conseguir cinco cosas:

  • La finalidad: Que aquello que deseamos saber sea para conseguir un fin bueno, libre y verdadero.
  • La concentración: Es la disposición de nuestra mente con disciplina y rigor en lo que estudiamos.
  • La lectura: Este ejercicio debe ser constante, leyendo lo bueno o lo que buscamos conocer, jamás las cosas superficiales.
  • La memoria: Se trata de mantener viva en la mente lo esencial de lo leído o estudiado, para ser usado cuando sea necesario.
  • La profundización: Que el estudio que realizamos tenga orden, claridad, capacidad argumentativa sólida y sencillez al explicarlo. 

¿Entonces esta virtud se trata solo para los que son académicos? No es exclusiva de las personas que trabajan en la academia. Cualquier situación que vivimos en la vida cotidiana necesita de una respuesta profunda. Pensemos por ejemplo, en aquellas preguntas que nos hacemos a nosotros mismos y no somos capaces de responder. Y también pensemos, en aquellas que otras personas nos hacen y tampoco somos claros en dar respuesta. Es decir, la necesidad de conocer la verdad es tan común a todos los hombres, como la vivencia de la estudiosidad.

¿Cuáles son los peligros que afronta esta virtud? La negligencia y la curiosidad. Dicho de una forma más directa: El pecado por defecto es la negligencia y el pecado por exceso es la curiosidad.

  • La negligencia: Consiste en el voluntario y consciente descuido de no estudiar lo que corresponde, según la condición y el estado de cada uno. La negligencia es una ignorancia culpable, de la cual no hay excusa para justificarse.
  • La curiosidad: Es el anhelo de conocer las cosas que no conducen a un fin bueno, bello, libre y verdadero. La persona curiosa sabe que lo busca aprender tiene un fin malo. Y generalmente el curioso nunca tiene orden en lo estudia. Tal vez lo peor es que habla de aquello que dice conocer, como si fuera un experto con argumentos vacíos.

¿Cómo puede la gente sencilla ver la necesidad de alcanzar la virtud de la estudiosidad? Porque todas las personas necesitamos dar respuestas contundentes a nuestros problemas actuales. Necesitamos educar a nuestros hijos con un sano juicio crítico. Pero sobretodo necesitamos prepararnos para formar una sociedad libre de injusticias, de ideologías y carente de Dios. La estudiosidad es una virtud que todos debemos practicar. No hay  excusa para que la gente sencilla no lo haga; todos debemos preocuparnos por estudiar para conocer la verdad y el sentido de las cosas que nos inquietan. No permitamos que el mundo siga siendo manejado por los curiosos y los negligentes; mientras nosotros los aprobemos por vivir en la ignorancia y en el desorden.

¿Cuál puede ser el secreto para practicar la virtud de la estudiosidad? La mejor recomendación la escribió Santo Tomás de Aquino, en una carta dirigida como respuesta a su hermano de comunidad fray Juan; pues este le había preguntado antes: ¿Cómo se debe proceder para ir adquiriendo el tesoro del conocimiento? El santo le contestó lo siguiente:

«Ya que me pediste, fray Juan —hermano para mí queridísimo en Cristo—, que te indicase el modo de cómo se debe proceder para ir adquiriendo el tesoro del conocimiento, debo darte la siguiente indicación:

  1. Debes optar por los riachuelos y no por entrar inmediatamente al mar, pues lo difícil debe ser alcanzado a partir de lo fácil. Y así, he aquí lo que te aconsejo sobre cómo debe ser tu vida:
  2. Te exhorto a ser tardío para hablar y lento para ir al locutorio (Sala de los conventos exclusiva para hablar libremente entre los frailes de cualquier tema).
  3. Abraza la pureza de consciencia.
  4. No dejes de aplicarte a la oración.
  5. Ama frecuentar tu celda, si quieres ser conducido a la bodega del vino de la sabiduría (Para los frailes la celda es la habitación donde además del dormitorio, tienen un lugar destinado para el estudio personal).
  6. Muéstrate amable con todos, o por lo menos esfuérzate en este sentido; pero con nadie permitas exceso de familiaridades, pues la excesiva familiaridad produce el desprecio y suscita ocasiones de atraso en el estudio.
  7. No te metas en cuestiones y dichos mundanos.
  8. Evita sobre todo, la dispersión intelectual.
  9. No descuides el seguimiento del ejemplo de los hombres santos y honrados.
  10. No mires a quien dijo, sino lo que es dicho con razón y esto, confíalo a la memoria.
  11. Busca entender lo que lees y certifica de lo que es dudoso.
  12. Esfuérzate por abastecer el depósito de tu mente, como quien anhela llenar al máximo posible un cántaro.
  13. No busques lo que está por encima de tu alcance.
  14. Sigue las huellas de Santo Domingo que, mientras tuvo vida, produjo hojas, flores y frutos en la viña del Señor de los ejércitos.

Si sigues estos consejos, podrás alcanzar lo que quieres.

Saludos, Fray Tomás».

 

Ahora reflexionemos: ¿Soy una persona negligente, curiosa o qué hago por buscar la bodega del vino de la sabiduría?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!