La necesidad de formar en virtudes

Lunes, 22 Enero 2018 00:00 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

Para crecer en las virtudes es necesario ser consiente de ello. Luego, se necesita del esfuerzo humano y de la gracia de Dios, para disponer la vida en camino de perfección. Pero además de lo anterior, es necesario que existan maestros, guías, consejeros y un ambiente propicio que nos ayude a formarnos en personas virtuosas. Este es el reto: encontrar una ámbito educativo con maestros y modelos.

¿Cómo buscar un maestro guía? El maestro guía por excelencia es Jesucristo, por eso nosotros como sus discípulos debemos convertirnos en maestros virtuosos como principio evangelizador. Es así que la coherencia de vida, es la primera norma que nos perfila con autoridad moral, para informar y formar a otros. Si no es así ¿de que otro modo tendríamos autoridad moral para convertirnos en maestros de virtudes?

¿Los maestros virtuosos siempre sin perfectos? No, perfecto solo es Dios. Pero ser maestro de virtudes es un título que lo testimoniara nuestra propia vida, nadie no lo impone. Además, el maestro debe enseñar que él mismo está en proceso de adquirir las virtudes que enseña. Y por tanto como maestros, no nos consideramos plenamente formados ni perfectos; antes bien, es el maestro quien tiene la virtud de la humildad para aprender de sus discípulos.

¿Cómo seguir a un maestro virtuoso? Lo primero es hacer lo que ellos mandan porque evidentemente tienen autoridad moral. De esta forma se convierten en modelos de vida, en amigos y engrandes consejeros. Ahora bien, aquí se construye una amistad afectiva entre el discípulo y el maestro como camino de santidad y de querer siempre imitar, seguir y configurar la vida propia con la de Jesucristo.

¿Quiénes son nuestros maestros en la virtud? En primer lugar nuestros primeros maestros son nuestros padres, quien son autoridad moral, afectiva y de amistad; porque son el reflejo de Dios a pesar de sus múltiples imperfecciones. Ahora bien, pensemos que tenemos que ser maestros de virtudes para nuestros propios hijos, amigos, personas que nos piden un consejo y para nuestros ahijados que hemos adquirido en el camino de la vida sacramental (bautismo, confirmación, matrimonio y orden sacerdotal). Ser padrino es acompañar en la fe a otro, en una relación de amistad al estilo de un maestro y discípulo.

Lo lindo de la vida del maestro y del discípulo, es saber que hay un momento donde el discípulo se convierte en maestro. Y nosotros como su maestro, alcanzamos un gozo en Dios el ver el progreso en el amor al bien y la verdad de nuestros discípulos.

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para Gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

Inicia sesión para enviar comentarios