El amor como virtud

Martes, 08 Mayo 2018 00:00 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿El amor es una virtud? Si, pero no solo es una virtud, es un sentimiento propio de la dimensión afectiva de los seres humanos y de Dios.

¿En qué consiste la virtud del amor? Es una virtud que tiene tres grandes dimensiones: el conocimiento y el deber moral de amarse a uno mismo, a los demás y a Dios. La virtud del amor es por así decirlo, una ‘quinta virtud cardinal’ que dinamiza a las otras cuatro y le da sentido a la vida de santidad que queremos alcanzar.

¿Qué es el amor a uno mismo? Es el amor propio pero no como egoísmo. Es un amor ordenado a uno mismo porque es deseo de felicidad. Por tanto si me amo puedo amar a Dios y sentirme amado por él y así amar a los demás.

¿Por qué no es egolatría ni egoísmo amarse a uno mismo? Porque el amor a uno mismo es un bien ordenado en beneficio de nosotros mismos principalmente. Si fuera egocentrismo, egolatría o egoísmo, sería ‘el amor desordenado a uno mismo’ porque se contradice constantemente.

¿Cómo se puede cultivar la virtud del amor a uno mismo? En sentido amplio la respuesta más inmediata es: ‘amándose a uno mismo’. Y en el sentido práctico de la vida se requieren tres cosas: El descanso, hacer respetar la propia vida y el desprendimiento de corazón.

  • El descanso: Quien descansa es aquel que se siente amado porque se ama a sí mismo y sabe que su trabajo es un bien necesario para ser feliz. Puesto que si no se descansara se realizaría un esfuerzo humano desordenado y sin ningún fruto. Descansar es necesario para dignificar el cuerpo, pero no la apariencia y mucho menos la búsqueda de un lucro económico desenfrenado. San Juan Pablo II en la carta apostólica Dies Domini, sobre la santificación del domingo, dice al respecto: «El descanso es una cosa “sagrada”, siendo para el hombre la condición para liberarse de la serie, a veces excesivamente absorbente, de los compromisos terrenos y tomar conciencia de que todo es obra de Dios» DD. 65.
  • El respeto a la propia vida: La enseñanza de la Iglesia a través del Catecismo y de Santo Tomás habla por sí sola: «El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal: “Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita [...] y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 64, a. 7)» CEC 2264.
  • El desprendimiento de corazón: Se trata de quitar los apegos que no son felicidad y al mismo tiempo cuidar los bienes que se nos han sido dados. Además debemos ser consientes de que algún día tendremos que desprendernos de los bienes terrenales, como la salud del cuerpo, las cosas que ya no podremos usar y nuestra vida misma. Esto implica que suframos, y esto no es malo ya que el sufrimiento solo se puede entender a la luz de la vida y las palabras de Cristo por su valor redentor. Nuevamente San Juan Pablo II en la carta apostólica Salvifici Doloris, que trata sobre el sentido cristiano del sufrimiento, nos enseñó lo siguiente: «Sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo» SD. 23

Es hora de que reflexionemos: ¿Qué tanto nos amamos a nosotros mismos?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

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