La virtud de la templanza

Miércoles, 25 Julio 2018 00:00 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué trata la virtud de la templanza? Tal como lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, la templanzaes la virtud que «modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados» CEC 1809. 

¿Qué es eso de placeres? Los placeres son los gustos que nos apetecen y deleitan. No está nada mal sentir placer en sus diversas formas, sin embargo los placeres deben ser ordenados para que no solo produzcan un deleite temporal sino un gozo permanente. En esto ayuda la templanza.

¿Concretamente a que nos ayuda la templanza? A dominar las actividades cuya moderación es más difícil. Pues muchas veces aunque sepamos que algo está mal, lo hacemos porque somos frágiles en nuestra voluntad; no se trata de un problema de la razón. Es decir la templanza nos ayuda no en hacernos consientes de lo que esté mal, sino de conducir por buen camino los gustos y apetitos a los que somos más propensos.

¿Es necesaria la templanza? Siempre es necesaria, puesto que es una de las virtudes cardinales. Recordemos que las cuatro virtudes cardinales nos orientan en como actuar para conseguir el bien, puesto que las acciones nuestras deben ser justas, prudentes, fuertes y templadas.

¿Quién es moderado en sus actos es un hombre virtuoso? No siempre. Ser una persona ‘templada’ implica que nunca pierda el norte, que no escape siempre de las barreras que se encuentra en la vida o que se deje vencer por los gustos desenfrenados. A veces se dice que ser moderado es ser prudente y esto es ejercer la virtud de la templanza, no esto es falso. Ser templado no es huir de nuestros gustos y deseos, es enfrentarlos dándoles el lugar que les corresponde. De ahí que debamos conocernos y saber como orientar nuestros propios apetitos para no reprimirnos. 

¿Cómo ser templado en un mundo consumista? Queriendo ser bueno. Para ser virtuosamente templados no necesitamos ser hombres de fe, basta con querer ser buenos y luchar por ello. Quien ejerce las virtudes cardinales no necesariamente debe ser creyente. Sin embargo para una persona de fe sí es necesario vivir las virtudes morales —así también son conocidas las cardinales—, puesto que al creyente no le interesa ser bueno sino perfecto y esto solo se logra en Dios. Pero hablando específicamente de la templanza, la mejor regla es ejercer esta virtud obrando según el estado de vida que tengamos:

  • En el matrimonio: Todas las virtudes se realizan amando a Dios a través del cónyuge. Moderar los apetititos y gustos propios ayudan para que la otra persona se sienta amada, ya que se busca lo mejor para ella. Pues el ser templado consigo mismo es una forma de demostrarle al otro que ‘nosotros somos’ sujetos no objetos. Por tanto amándonos podemos ser felices y perfectos en Dios, ya que el matrimonio es el sacramento donde se vive la perfeccion humana mutua en orientar los gustos, placeres y apetitos de la voluntad.
  • El en sacerdocio: La entrega en el banquete eucarístico y en el sacramento de la penitencia, hacen del sacerdote un ser tan humano que plenifica su gracia sacerdotal. Él presbítero templado sabe que no es fácil serlo, pero toda su vida de fe le ayuda a no ser egoísta y dar lo mejor de si mismo para que la templanza como virtud sea iluminada por el Espíritu Santo.
  • El consagrado: Vive la plenitud de los consejos evangélicos que le ayudan a perfeccionar el bautismo. Si el consagrado no comprende que los votos le dan libertad jamás podrá ser una persona templada. Quien piense que una consagración religiosa es la privación de las riquezas, la sexualidad y de la libertad, es una persona que primero se debe dejar amar por Dios, para comprender lo que significa ‘templar los gustos’ y luego si corresponder a ese amor divino a través de los votos religiosos.
  • El soltero: Al igual que los anteriores estados de vida, debe aprender a ordenar sus gustos. Ya sea porque se está preparando para asumir un estado de vida distinto al que tiene; y por ello desea darle valor a la espera que le generará un cambio de vida. O también porque según su vocación ha decidido permanecer soltero para buscar su felicidad de esta forma. Esto último es vital, la soltería es un tema ‘vocacional’ no se trata de que se es soltero porque ‘le tocó serlo ya que nunca pudo casarse’.
  • El viudo: Quien ha perdido a su cónyuge hace un acto de amor propio en levantarse y ser mejor en su vida. Solo puede llegar a ser templado si reorganiza sus apetitos. Consumirse en la tristeza o en la desesperación hacen que se viva de manera desordenada. Es cierto que se debe hacer un tiempo de duelo por el ser que ha partido, pero también hay que ser claros en que el duelo hay que cerrarlo y la templanza nos ayuda conducirnos esta nueva forma de vida.
  • El separado: La separación y/o el divorcio no son estados de vida. Aquí hago mención de ello porque para muchos estar separado es comprendido como ‘una oportunidad de volver a ser libres’. Tristemente hoy ya se ha vuelto normal que las personas fracasen en sus matrimonios. Ante esta limitacion humana, la templanza es muy importante, porque ayuda no solo a organizar día a día nuestros apetitos, sino que nos compromete en primer lugar con el dolor del otro cónyuge —ya sea inocente o culpable—. La templanza nos debe llevar siempre a comprender que el matrimonio es una institución natural por la cual el otro se ha convertido en parte de mi vida, donde yo si esa persona no puedo vivir en plenitud los gustos y las pasiones de la voluntad. Por ello para buscar la reconciliación y el perdón, la templanza se ayuda de otras virtudes como: la abstinencia, la sobriedad, la modestia, la estudiosidad, la eutrapelia, la continencia, la humildad, la mansedumbre, entre otras.

Ahora reflexionemos: ¿Cuáles son los aspectos de mi vida que me dan alegría porque me descubro en ellos como una persona virtuosamente templada?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

Inicia sesión para enviar comentarios