La virtud de la sobriedad

Martes, 07 Agosto 2018 00:00 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata la virtud de la sobriedad? Es la virtud que nos permite encontrar la moderación en nuestra forma de consumir bebidas embriagantes, como también descubrir la forma inmoderada de beber que nos hace embriagar y perder el juicio de la razón.

¿Qué otros beneficios se logran con esta virtud? De manera general el término ‘sobriedad’ nos lleva a la correcta utilización de nuestros sentidos. De ahí que manejemos apropiadamente el dinero, el tiempo, los esfuerzos y los bienes materiales. Quien no vive esta virtud se deja llevar por sus deseos, pues todo lo quiere ver, tocar, oler, sentir. Es una persona que dedica demasiado tiempo y esfuerzo para satisfacerse a si mismo complaciendo su vanidad. El sobrio es una persona virtuosa porque sabe manejar sus deseos, manteniéndose en el justo medio de las cosas, como la medida necesaria entre el vicio y el defecto.

¿No estamos siendo escrupulosos con la forma de querer ser virtuosos, que hasta la bebida resulta ser prohibida? No, las virtudes no pretenden eliminar la libertad humana, todo lo contrario son cualidades que perfeccionan a la persona para que viva mejor y sea feliz. Santo Tomás de Aquino dice al respecto que: «Es propio de toda virtud moral conservar el bien racional contra los obstáculos que pueden impedirlo» (Suma de Teología II-II, q.149, a.2 ). Por ello saber mantenerse sobrio es una de las virtudes más nobles de la persona, porque evita embriagarse para que no se nuble la razón.

¿Cuál es el principal vicio de la sobriedad? La embriaguez, porque es un problema personal y socialmente grande. A demás como hombres de fe, es necesario recordar que quien se embriaga a propósito para anular la razón y sentir el placer desinhibido, peca mortalmente porque conscientemente atenta contra su propia vida. Las consecuencias de la embriaguez son alarmantes:

  • El alcoholismo social: Este parece ser un mal que no incomoda. Socialmente los gobiernos solo se preocupan en las vísperas de una elección de un cargo por votación popular; pues a los ciudadanos les prohíben vender y consumir bebidas alcohólicas, para evitar conflictos sociales fruto de la embriaguez. Y como es lógico que el que está ebrio pierde la lucidez de la razón, el Estado prohíbe la venta de licor a los menores de edad. Esto que parece normal no lo es. No podemos seguir confundiendo lo común con lo normal. Aquí deberíamos preguntarle el Estado ¿Por qué no existe un control por parte del gobierno, que regule el consumo de alcohol para evitar que se deterioren la relaciones humanas, especialmente el daño que sufre la desintegración de la familia, cuando hay dentro de ellas personas que se embriagan frecuentemente? Si la familia es la sociedad natural que da orígenes a nuevos ciudadanos ¿por qué el Estado no hace nada para protegerla del alcoholismo? Pareciera que frente al alcoholismo, las personas solo le importáramos al gobierno, cuando hay un evento público que exige la participación ciudadana.
  • Decir no también es una respuesta: Es muy común que estando en algún evento social en nuestra familia, incluso con nuestros amigos, alguno se embriague. Esto socialmente es aceptable, pero pensemos por un momento ¿es correcto que esto pase? Nadie nos enseña a decir ‘no más’. Muchas veces consumimos alcohol hasta que la botella queda vacía, como si fuera una obligación terminarla. Es importante saber disfrutar un buen vino, una cerveza, un coctel; además porque más allá del placer que produce a los sentidos la bebida, se está disfrutando de la compañía y del calor que envuelve el amor de amistad. Es importante aprender a educar a nuestros hijos en el deseo por el licor; y parte de esa enseñanza es saber decir ‘no voy a beber’ y ‘no bebo más’ para mantenernos libres, pues el alcohol nos esclaviza y nos hace perder el juicio de la razón.
  • Confusión entre placer y felicidad: Nadie dice que no bebamos, todo lo contrario, las campañas de publicidad patrocinan el consumo de alcohol ‘preocupados por nuestra felicidad’. Parece ser que ellos pretenden hacernos creer que el que bebe sin límite llega al estado puro de la felicidad. El mundo publicitario de las bebidas alcohólicas es hedonista, busca que el beber licor produzca el placer por el placer. Comúnmente en toda celebración hay bebidas embriagantes; cuando se destapa una botella en el fondo pensamos ‘no me puedo emborrachar’; y en algunos casos cuando sentimos pena profunda por algo, el alcohol resulta ser nuestra compañía. La felicidad no es embriagarse, quien lo hace en este sentido busca una ilusión pasajera. No todo lo que produce placer conduce a la felicidad; así como no todo lo que conduce a la verdadera felicidad es placentero. ¿Entonces por qué bebemos en una celebración? Porque compartimos la vida con los amigos y familiares alrededor de una copa, sabiendo disfrutar el momento. Porque más bien en vez de pensar que ‘me voy a emborrachar’ cuando veo que destapan una botella, mejor pienso ‘me voy a disfrutar una copa con las personas que amo por un motivo especial’. Y de igual forma el que siente pena por algo cuando bebe, no lo hace siempre por perder la razón hasta quedarse dormido. La mejor opción debe ser tomar con moderación en compañía de alguien, como quien hace una pausa para luego continuar su trabajo. Pues en un momento de crisis lo que buscamos son respuestas y planear mejor nuestra vida. En ello un amigo es quien tal vez pueda ayudarnos mejor a llevar el peso de nuestros problemas y nos anime a salir adelante, no que nos induzca a la embriaguez. Es decir en esta último caso, tomarse una copa con un amigo resulta la disculpa perfecta para decir: ayúdame, escúchame, necesito hablar con alguien, abrázame, quiéreme, necesito un consejo.
  • Satanizar el alcohol: Con el término ‘satanizar’ me refiero a culpar el licor por todos los males que ocaciona la embriaguez. Sin embargo, hay que decir que el licor nunca ha sido malo. Hay muchos beneficios para la salud que se encuentran en este tipo de bebidas. La mala fama que han tomado es porque se consume en exceso hasta la embriaguez. Sin embargo hay quienes quieren comparar el alcohol con el tabaquismo y las sustancias psicoactivas. Esto es una comparación absurda, puesto que el tabaco y las drogas atentan directamente contra la salud. En cambio, el licor fue creado para compartir la vida, nunca para dañarla. Por ejemplo, basta recordar las bodas de Caná de Galilea cuando Jesús convirtió el agua en vino. Él no lo hizo para que se bebiera sin control, sino para acompañar la celebración de la vida en el calor del amor y de la amistad. El texto bíblico dice que el maestresala —el criado que servía la mesa y probaba la comida para garantizar su buena condición— al probar el agua convertida en vino, le dijo al novio: «Todos sirven primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos, el inferior. Tú, en cambio, has reservado el vino bueno hasta ahora» (Jn 2,10). Jesús nos enseña que el vino bueno debe tomarse siempre porque no está hecho para embriagarse, sino para acompañar las buenas deciciones en la vida. De igual forma en nuestra propia liturgia es tan importante la celebración de la vida, que bebemos el vino convertido en sangre de Cristo, no para embriagarnos, sino para permanecer vivos por él, con él y en él.

Y ahora una reflexión final: ¿A quién debería hoy invitarle a tomar una copa de vino?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

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