La virtud de la continencia

Martes, 04 Septiembre 2018 00:00 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtudque nos educa en el deseo sexual, resistiendo a las malas pretensiones que se dan con frecuencia en nosotros.

¿Entonces es lo mismo continencia que castidad? No, la continencia es una virtud hija de la templanza que nos ayuda a moderar el apetito sexual; mientras que la castidad es un Fruto del Espíritu Santo, que se presenta en nosotros como resultado de vivir en la Gracia de Dios por medio de sus Dones y carismas especiales que nos concede. Así lo encontramos en la Palabra de Dios (Ga 5,22-23) y en el Catecismo de la Iglesia Católica. (CEC 1832).

Todo hombre si no es virtuosamente continente, difícilmente podrá ser casto. La virtud de la continencia nace del esfuerzo humano. Y solo si nos presentamos plenamente humanos ante Dios podemos alcanzar la perfección sobrenatural que él nos brinda.

Dicho de una manera más práctica, solo el que es continente puede vivir la Gracia divina plenamente. Es más, el continente lleno de la Gracia de Dios puede ser casto según su estado de vida: casado, sacerdote, religioso, soltero o viudo. Puesto que la castidad es un Fruto del Espíritu Santo que se nos da de manera sobrenatural para amar mejor. Vivir castamente no es ‘aguantarnos o privarnos de tener encuentros sexuales’. Vivir castamente es amar libremente en fidelidad y esto supone un compromiso vitalicio con alguien ante Dios.

¿Qué es lo propio de la continencia? Frenar las pasiones, apetitos y los gustos que buscan conseguir el deleite por medio del sentido del tacto. Hay que recordar que las pasiones, apetitos y los gustos deben ser ordenados por nuestra razón, para que no busquemos deleites pasajeros sino gozos perdurables. En este caso la continencia nos ayuda a ordenar todos las pasiones, apetitos y gustos que tienen que ver con el sentido del tacto, en especial el apetito sexual. De ahí que algunos santos de nuestra Iglesia enseñen la continencia como la forma recta de combatir los desórdenes concupiscibles —pasiones, apetitos y gustos—.

¿Cómo podemos saber que somos virtuosamente continentes? En primer lugar debemos ordenar nuestra vida afectiva. En segundo lugar debemos amar el orden que le hemos dado a nuestra vida afectiva, según el estado de vida que tengamos. Si lo anterior es claro, cuando aparezca algún tipo de gusto fuerte o apetecible, resistiremos a el, porque lo que buscamos es el gozo en las personas que amamos, no en lo que nos despierta una nueva oportunidad de deleite. Es decir, la virtud de la continencia solo se puede conocer cuando aparece la tentación que nos instiga a desordenar nuestra vida afectiva.

¿Cuál es el vicio de la virtud de la continencia? La incontinencia. La persona incontinente es aquella que vive en un desorden afectivo, que todo lo quiere poseer, todo lo quiere tocar y en todo se quiere deleitar. Al incontinente no le preocupa la felicidad como gozo eterno, para él lo primordial está en poseer la mayor cantidad de placeres posibles. Tanto es la lucha de una persona incontinente por permanecer en el placer constante, que no lo importa sacrificar lo que sea. Más aun, el incontinente con el paso del tiempo reconoce que se ha vuelto adicto al placer sexual; por ello afirma necesitarlo para vivir.

¿Qué peligros encontramos en nuestra sociedad para no vivir la continencia? Hay una gran sinnúmero de peligros, pero todos tienen que ver con el desorden del amor. Una persona desordenada en el amor busca el placer sin limite, todo lo quiere tocar y poseer porque no se halla así misma. De ahí que comprendamos las infidelidades, la promiscuidad, los trastornos de la personalidad como la homosexualidad y el transexualismo.

El mundo de hoy nos enseña a consumir, pero no a amar. Por eso vivimos en una sociedad erotizada —hedonista—, donde solo busca el placer por el placer. Por ejemplo es ‘normal’ que las mujeres exhiban sus senos públicamente para provocar sexualmente a quien las mire; pero no lo es cuando se trata de alimentar a sus hijos públicamente, ya que en algunos países esto causa rechazo ¿el mundo al revés?

Papás por favor pensemos: ¿es normal que si ustedes tienen una hija —por ejemplo— y en un futuro ella les presenta su ‘novia’, ustedes no hacen nada porque esto es ‘normal’? ¿Hasta donde ha llegado la locura del desorden afectivo, que nos ha hecho actuar en contra del orden natural establecido por Dios? No olvidemos que algunos padres ‘tan preocupados por sus hijos’ buscan ahora cambiarles la identidad sexual porque nacieron en el cuerpo equivocado. Y ni hablar de las justificaciones que hacemos para aprobar las infidelidades en las parejas. De la misma forma que en muchos lugares aprobamos con ‘normalidad’ que algunos los sacerdotes sean homosexuales y tengan derecho a satisfacer sus necesidades sexuales con personas adultas ¿por favor en que mundo vivimos?

¿Cómo educarnos en el amor? En la familia. No existe otro lugar más privilegiado para aprender amar que en el hogar. De ahí la importancia de educarnos con papá y mamá. En casa hemos aprendido que el amor no es una decisión, el amor es un sentimiento que nos involucra como personas. No podemos vivir el amor en soledad, el amor de casa es la escuela que nos enseña a sufrir y a ser responsables con nuestras decisiones de vida. Si hoy hemos perdido el rumbo del amor que nuestros padres nos enseñaron, vale la pena hacer un alto en el camino para hacer nuestro examen de conciencia.

Por más que las personas hayan perdido a sus seres queridos a temprana edad, sean adoptados o hayan crecido dejos de la familia; el amor de la familia es una realidad de la que nadie se escapa. En nuestra historia de vida siempre hubo alguien que nos educó y procuró para nosotros el bien. Esto demuestra que del amor venimos, en el amor vivimos y al amor volveremos. Por tanto no tenemos excusas para ordenar nuestra vida afectiva y practicar la virtud de la continencia.

Sin embargo, la tipología del amor es muy variada y la Iglesia Católica no es ajena a esta realidad. Por el contrario es la Iglesia una maestra en orientarnos en el amor. Muestra de ello son los innumerables escritos de muchos santos sobre el tema del amor; por ejemplo vale la pena leer las cartas y las obras de: San Ignacio de Antioquía, San Clemente Romano, San Agustín, San Bernardo de Claraval, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, entre otros grandes pensadores cristianos especialistas en la pedagogía del amor. Recientemente el Papa Benedicto XVI le dedicó al amor una de sus grandes cartas encíclicas: Desus Caristas Est —Dios es amor—. Pero ¿realmente si nos preocupamos por leer estos textos y estudiarlos?

Ahora preguntémonos: ¿Mi vida afectiva está ordenada de tal forma que la fidelidad y el amor permanecen juntos?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

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