La virtud de la magnanimidad

Martes, 16 Octubre 2018 00:00 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos dispone a dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad.

¿Cuál es el alcance de esta virtud? Que va más allá de una simple ilusión de hacer las cosas bien. Porque el magnánimo en sus propósitos aleja la envidia y el resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia.

¿Entonces la generosidad y la magnanimidad se tratan de lo mismo? No, ambas son virtudes cercanas y relacionadas. Sin embargo hay que decir que el generoso es desprendido de sí mismo, incluyendo sus riquezas materiales y espirituales. Y el magnánimo no necesariamente actúa con generosidad, ya que lo principal es que considera como propio el honor por haber realizado algo arduo, no cualquier cosa. Porque lo busca es actuar siempre con grandeza, La grandeza que busca el magnánimo no es para hacerse notar, sino porque le interesa hacer ciertas cosas difíciles de la mejor manera.

¿En que consiste el honor que busca la magnanimidad? En que la persona reconoce que el honor por la satisfacción del deber cumplido, proviene de Dios. De esta forma la persona vincula su esfuerzo personal en la relación con Dios de tal manera que reconoce que sin él no puede hacerlo. El honor por tanto consiste en sentirse hijo de Dios amado por él.

¿Qué relación tiene la magnanimidad con las demás virtudes? Que la magnanimidad para aspirar a los grandes honores provenientes de Dios, es la virtud que me permite ordenar las demás virtudes —que deben ejercitarse excelentemente— para que su vida tenga una verdadera condición filial respecto a Dios.

¿Cómo saber si se actúa magnánimamente? Porque cuando realizamos actos difíciles procurando hacerlos de la mejor manera, no hacemos alarde del buen resultado que obtenemos o del buen proceso que llevamos en aquello que queremos lograr. Presumir de lo que hacemos no tiene nada de virtuoso, eso sería actuar para hacernos notar y muchas veces si este es el fin la soberbia es la que nos impulsa a actuar, no la búsqueda del bien a partir de la magnanimidad.

¿Cuáles son los vicios de la magnanimidad? La soberbia, la cobardía y la mediocridad. De estos tres se desprenden muchos más que no dejan que la persona busque la perfección del bien. La soberbia —como dijimos anteriormente— se conoce porque hacemos alarde del resultado parcial o total obtenido. La cobardía nos aleja del bien que buscamos, sin ni siquiera intentarlo. Y la mediocridad nos lleva a actuar buscando caminos fáciles y muchas veces ilícitos para obtener un bien. Además cuando se actúa con mediocridad, no se hace por el gusto de hallar un bien arduo de conseguir, sino que nos preocupa es el deber de cumplir, más no el querer hacer un bien.

Un claro ejemplo de la virtud de la magnanimidad, nos lo ha enseñado el Papa Benedicto XVI. Primero porque sintiéndose ya entrado en años, estaba organizando su jubilación en los cargos administrativos de la curia romana, cuando fue elegido Papa; y pudiendo decir que no dijo si. Y segundo porque con la renuncia que él mismo hizo a la cátedra de Pedro años después, nos enseñó que en verdad ejerció su papel de pontífice con magnanimidad, demostrándonos que no actuó por poder sino por servicio. Vale la pena leer estas cortas palabras Benedicto XVI sobre el inicio de su pontificado, donde nos señala que Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien:

«Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor:  ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve carta que me escribió un hermano del Colegio cardenalicio. Me recordaba que durante la misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret:  ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir:  sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su carta:  “Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre”. Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos, un cristiano jamás está solo». (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los peregrinos alemanes, 25.4.2005).

Ahora reflexionemos: Concretamente ¿qué debo cambiar de mi vida para salir de la soberbia, la cobardía, la mediocridad y actuar con magnanimidad?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

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