La virtud como vida de oración

Miércoles, 12 Diciembre 2018 17:00 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Es la oración un a virtud? No, la oración es la expresión más intima del hombre que hace para comunicarse con Dios. Como lo dijo Santa Teresa del Niño Jesús: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría» (Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-390).

¿Cuál es la relación entre las virtudes y la oración? Que la persona que  descubre a Dios por medio de las virtudes, halla la necesidad de comunicarse con él. Por ello recurre a la oración sin dejar de ejercitar las virtudes.

¿No podemos hace oración sin necesidad de ejercer las virtudes? Si claro, la oración solo depende de la voluntad de querer hacerla. Pero las virtudes ayudan a que el esfuerzo personal tenga un encuentro con Dios para comunicarse con él.

¿Cómo se descubre la necesidad de comunicarse con Dios a través de las virtudes? Quien ejerce las virtudes con honestidad tiene varios caminos para descubrir a Dios. La manera más común es a través de las virtudes de la sabiduría y de la religión. Estas virtudes —de las que ya hemos hablado anteriormente—, permiten reconocer que el hombre no se basta a sí mismo. Son la puerta ante una necesidad que quiere alcanzar el sumo bien. Por ello para comunicarse con Dios, el hombre expone la intimidad de su corazón en por medio de la oración.

¿Qué diferencia hay entre una persona virtuosa que hace oración y otra que sin practicar ninguna virtud también es orante? La diferencia esta en que la persona virtuosa descubre la necesidad constante de comunicarse con Dios, porque reconoce que sin él es imposible vivir. El otro caso es hipotéticamente imposible de que se dé. Puesto de que la constancia y la exigencia de la vida de oración compromete a la persona para mejorar en todos los aspectos de su vida. Como lo dijo San Gregorio de Nisa: «El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (De beatitudinibus, oratio  1)». Por eso en caso de que exista algún ‘orante no virtuoso’, podría decirse que trata de alguien que su oración es vacía porque no se ha encontrado con Cristo para seguirle. Recordemos la exigencia de una vida virtuosa según el Catecismo de la Iglesia Católica: «La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas» (CEC 1803).

¿Entonces todas las virtudes conducen a la vida de oración? No, solo cuando el hombre ejerce las virtudes de la sabiduría y la religión, encamina la vida hacia la oración. Por ello es posible que existan buenas personas virtuosas pero que no son creyentes.

¿La vida virtuosa promueve la vida espiritual? Si, pero no toda vida espiritual es una vida cristiana. La dimensión espiritual del hombre se ve motivada a exigirse en su espiritualidad gracias a la virtudes. Pero somos libres de encontrar la verdad y de saber en que creemos.

¿Qué pasa entonces con las virtudes sobrenaturales? La fe, la esperanza y la caridad; y los Dones y Frutos del Espíritu Santo, son gracias que provienen de Dios. Ninguna de estas virtudes y fuerzas sobrenaturales se encuentran en la naturaleza de la persona. Por ello a través de la oración es que pedimos estas virtudes y gracias por medio de la asistencia del Espíritu Santo. Quien hace oración esta parado en la puerta de la vida teologal. Lo triste es que muchos cristianos creen que la fe, la esperanza y la caridad; y los Dones y Frutos del Espíritu Santo, no hay que alimentarlos y pedirlos. Por ello el principio de alimentar la vida virtuosa humana y sobrenatural es la oración. 

Ahora bien, reflexionemos: ¿Cuáles son las virtudes en las que he crecido gracias a la vida de oración?

¡Que todo lo que hagamos hoy y siempre, sea para el honor la gloria y la alabanza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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