La esperanza cristiana

Miércoles, 20 Febrero 2019 18:02 Escrito por 

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la esperanza? La esperanza es una virtud teologal que permite al hombre desear un como bien para sí mismo el bien de Dios todavía no poseído, elevando su voluntad de manera sobrenatural por medio de la Gracia. Dicho en palabras mas simples es desear tener la felicidad eterna en la vida terrenal.

¿Por qué la esperanza es una virtud teologal? Porque tiene a Dios como motivo, como objeto y como fin: el cristiano espera por Dios, espera a Dios, espera para amar a Dios. Es decir al igual que la Fe, la esperanza es una virtud que proviene de Dios, no está en la naturaleza humana. Como lo dijo Santo Tomás es un don gratuito de Dios: «La capacidad de esperar en virtud de la cual se espera la bienaventuranza, no procede del mérito, sino únicamente de la gracia» (Suma de Teología II-II q. 17, a. 1, ad 2).

¿En qué se diferencia la esperanza teologal con la esperanza humana? En que la esperanza teologal es una virtud que vivimos en la tierra como garantía de alcanzar la felicidad eterna. Mientras que la esperanza humana se basa en encontrar certezas a corto plazo, reales, realizables, visibles y demostrables. En realidad la esperanza humana lo que busca que alcanzar algo sin que le mientan. De fondo el anhelo por alcanzar la verdad de fundamenta en la esperanza. Pero esto no quiere decir que la esperanza teologal no sea real, realizable, visible y demostrable. Lo que pasa es que como hombres queremos buscamos la certeza de la inmediatez que nos da satisfacción. Mientras que la esperanza teologal no garantiza el gozo de que la felicidad es una realidad ‘real, realizable, visible y demostrable’ de manera infinita.

¿Cómo entender la esperanza teologal en nuestras vidas? Es un acto de la voluntad, un anhelo, un impulso, un deseo eficaz de Dios mismo. Se funda en la Fe, por la que se conoce tanto la Bondad, la Omnipotencia y la Misericordia de Dios, como la posibilidad de alcanzarlo en razón de su promesa. Además hay que decir que la esperanza es una virtud propia del hombre, pues Dios no necesita vivir con esperanza. Dicho en palabras simples, la esperanza como virtud para nosotros es unaparticipación por semejanza en la voluntad divina, pero imperfecta, pues en Dios no hay esperanza, sino posesión del Bien que es Él mismo.

¿Entonces la esperanza es una ilusión o una anestesia para la conciencia de que todo en Dios es mejor? Si no tienes Fe entonces si. La esperanza teologal es la alegría del cristiano que le permite reconocer en su camino de imperfecciones, la disciplina personal y el aliento sobrenatural para alcanzar la perfección. La esperanza teologal no es un alivio para la conciencia o un paliativo que calma el dolor pero no cura la enfermedad. La esperanza teologal es tan real que se integra a la razón humana por la Fe. Por ello el esperanzado en Dios nunca queda defraudado.

¿Qué enseña la Iglesia sobre la esperanza teologal? La mejor respuesta y de manera sucinta se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» CEC 1817. 

¿Entonces la esperanza es otra forma de conocimiento? Si. No solo nos basta la razón y la Fe para conocer, necesitamos de la esperanza. El mejor argumento sobre este tema lo escribió el Papa Benedicto XVI en la carta encíclica Spe Salvi (SpS.), que trata sobre la esperanza cristiana. En esta encíclica el Papa afirmó que la esperanza siendo una virtud sobrenatural, es a la vez humana porque es libre y razonable, pues tiene como fundamento la lealtad omnipotente de Dios. Solo espera quien quiere esperar. De manera que ningún tipo de esperanza satisface al hombre totalmente (SpS. 30). Y por eso el hombre necesita creer en una esperanza de infinito que colme su sed de verdad (SpS. 30). Así lo dijo expresamente el Papa:

«A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar» (SpS. 30).

¿En qué nos beneficia la esperanza? Esta pregunta obedece a practicidad y visibilidad de la esperanza. Pues bien, hay que decir que la esperanza teologal está íntimamente ligada al deseo infinito de felicidad. Puesto que purifica y ordena las esperanzas humanas al querer de Dios. Además nos anima a seguir trabajando por la civilización del amor sin sentirnos desalentados o llenos de envidia y egoísmo. Y lo más importante es que nos capacita en la vivencia del verdadero amor de Dios, la caridad. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad» CEC 1818. 

De la misma manera la Palabra de Dios nos alienta a cultivar y perseverar en la esperanza como un bello signo de fidelidad: «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, porque fiel es el que hizo la promesa» Hb 10,23.

Ahora reflexionemos: ¿Tu felicidad depende de la esperanza teologal; o de la capacidad adquisitiva económica y de la salud corporal que tengas para alcanzar ‘el bienestar’ que te mereces? 

¡Que todo lo que hagamos hoy y siempre, sea para el honor la gloria y la alabanza de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo!

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