fr. Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

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La virtud como vida de oración

Miércoles, 12 Diciembre 2018 17:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Es la oración un a virtud? No, la oración es la expresión más intima del hombre que hace para comunicarse con Dios. Como lo dijo Santa Teresa del Niño Jesús: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría» (Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-390).

¿Cuál es la relación entre las virtudes y la oración? Que la persona que  descubre a Dios por medio de las virtudes, halla la necesidad de comunicarse con él. Por ello recurre a la oración sin dejar de ejercitar las virtudes.

¿No podemos hace oración sin necesidad de ejercer las virtudes? Si claro, la oración solo depende de la voluntad de querer hacerla. Pero las virtudes ayudan a que el esfuerzo personal tenga un encuentro con Dios para comunicarse con él.

¿Cómo se descubre la necesidad de comunicarse con Dios a través de las virtudes? Quien ejerce las virtudes con honestidad tiene varios caminos para descubrir a Dios. La manera más común es a través de las virtudes de la sabiduría y de la religión. Estas virtudes —de las que ya hemos hablado anteriormente—, permiten reconocer que el hombre no se basta a sí mismo. Son la puerta ante una necesidad que quiere alcanzar el sumo bien. Por ello para comunicarse con Dios, el hombre expone la intimidad de su corazón en por medio de la oración.

¿Qué diferencia hay entre una persona virtuosa que hace oración y otra que sin practicar ninguna virtud también es orante? La diferencia esta en que la persona virtuosa descubre la necesidad constante de comunicarse con Dios, porque reconoce que sin él es imposible vivir. El otro caso es hipotéticamente imposible de que se dé. Puesto de que la constancia y la exigencia de la vida de oración compromete a la persona para mejorar en todos los aspectos de su vida. Como lo dijo San Gregorio de Nisa: «El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (De beatitudinibus, oratio  1)». Por eso en caso de que exista algún ‘orante no virtuoso’, podría decirse que trata de alguien que su oración es vacía porque no se ha encontrado con Cristo para seguirle. Recordemos la exigencia de una vida virtuosa según el Catecismo de la Iglesia Católica: «La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas» (CEC 1803).

¿Entonces todas las virtudes conducen a la vida de oración? No, solo cuando el hombre ejerce las virtudes de la sabiduría y la religión, encamina la vida hacia la oración. Por ello es posible que existan buenas personas virtuosas pero que no son creyentes.

¿La vida virtuosa promueve la vida espiritual? Si, pero no toda vida espiritual es una vida cristiana. La dimensión espiritual del hombre se ve motivada a exigirse en su espiritualidad gracias a la virtudes. Pero somos libres de encontrar la verdad y de saber en que creemos.

¿Qué pasa entonces con las virtudes sobrenaturales? La fe, la esperanza y la caridad; y los Dones y Frutos del Espíritu Santo, son gracias que provienen de Dios. Ninguna de estas virtudes y fuerzas sobrenaturales se encuentran en la naturaleza de la persona. Por ello a través de la oración es que pedimos estas virtudes y gracias por medio de la asistencia del Espíritu Santo. Quien hace oración esta parado en la puerta de la vida teologal. Lo triste es que muchos cristianos creen que la fe, la esperanza y la caridad; y los Dones y Frutos del Espíritu Santo, no hay que alimentarlos y pedirlos. Por ello el principio de alimentar la vida virtuosa humana y sobrenatural es la oración. 

Ahora bien, reflexionemos: ¿Cuáles son las virtudes en las que he crecido gracias a la vida de oración?

¡Que todo lo que hagamos hoy y siempre, sea para el honor la gloria y la alabanza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La vida teologal

Miércoles, 05 Diciembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la vida teologal? Es la vida según las virtudes. Es decir, se trata de vivir según el ejercicio constante de las virtudes.

¿Entonces la vida teologal se trata de una vida ‘muy humana’? Más que eso. Quien vive según las virtudes humanas, vive virtuosamente. Pero quien vive las virtudes humanas y las divinas, vive teologalmente. De manera que el hombre virtuoso, no siempre es un hombre teologal. Pero el hombre para vivir de forma teologal, tiene que ser virtuoso.

¿Para que sirve una vida teologal? Para ser perfectos como Dios lo desea. Las personas que no creen en Dios —por ejemplo—, pero que practican todas las virtudes humanas con sinceridad y rectitud, son personas buenas. En cambio, quienes practican las virtudes teologales, no solo son buenas sino que pueden llegar a ser perfectas.

¿No basta ser bueno ante tanta maldad en el mundo? No, no basta. Hay que buscar la perfección. Ser buenos es parte del proceso, pero no el fin. Conformarnos con ser buenos sería una salida mediocre. Puesto que el bueno solo se preocupa por él, aunque vean que otros no sean buenos, desea ayudarlos pero no se compromete a convertirlos. Y no porque no quiera, sino porque no sabe que mecanismo usar para hacerlo. Por eso el bueno se la pasa inmerso en el mundo de la ética, buscando una solución social ante la maldad. Un claro ejemplo lo expone Aristóteles en La ética a Nicómaco.  Donde muestra que el esfuerzo por vivir en la virtud, nos hará hombres de bien y mejores ciudadanos.

¿Qué se necesita para vivir teologalmente? Se necesita ser gente buena, no ‘buena gente’. Es decir la bondad es el punto de partida. Para ser buenos hay que vivir todas las virtudes humanas. Quien es honesto en su forma de vivir la vida virtuosa, sabe que por medio de la virtud de la sabiduría, el hombre descubre la necesidad de encontrarse con Dios. Esta virtud, se convierte es una puerta para la vida teologal. Quien es honesto y se encuentra con esta virtud, no la puede ignorar, tiene que tomar una postura. O la ejerce o la deja de lado.

¿Por qué vivir de manera teologal? Porque quien vive de manera teologal, vive según el designio de Dios. Así lo enseño el mismo Jesús: «Sean perfectos como es perfecto el Padre celestial» (Mt 5,48). De esta forma quien descubre la necesidad de vivir según el plan divino, ha encontrado un tesoro. Ya el querer vivir según Dios, es abrir una puerta en medio de nuestra libertad, para el encuentro con el amor. Quien busca vivir teologalmente, descubre que Dios nos hizo para él. Esto mismo lo han descubierto los santos.  Así nos lo enseñó San Agustín de Hipona: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (Confesiones I, 1, 1). 

¿Cuáles son los problemas que enfrentamos para vivir teologalmente? La lista es innumerable. Podríamos decir que cualquier obstáculo para vivir la fe, la esperanza y la caridad que provienen de Dios, se consideran un serio problema. Más aún, cualquier impedimento para vivir los Dones y Frutos del Espíritu Santo, es señal evidente de que no se podemos vivir teologalmente. En la vida teologal no caben las excusas, sin embargo hay factores hoy que nos enceguecen para vivir teologalmente:

  • La ley: Vivimos en un mundo que se mueve por leyes. Y nosotros para demostrar que somos gente buena acatamos las leyes. Pero no todas las leyes son buenas, hay leyes que no buscan ayudar sino destruir. Por tanto la ley mala no es ley verdadera. El problema está en que queremos vivir la fe cristiana según la norma y sin salirnos de ella. Esto aunque esté bien intencionado nos lleva a un legalismo absurdo. Es decir, muchos cristianos piensan que si hacen algo que la ley no contempla,  están viviendo una vida pecaminosa. De ahí que como resultado muchos vivamos la fe de manera escrupulosa. 
  • La certeza: Ya no tenemos tiempo para pensar. Queremos que todo se resuelva instantáneamente. Y eso mismo esperamos de la tecnología. Pues bien, como no tenemos tiempo para nada, creemos que ya todo está dicho. Ya no buscamos la verdad, lo que queremos es tener seguridad. Y la certeza es garantía de que nadie se equivoca. Esto es un serio problema, porque si no hay una apertura a la verdad, no hay una apertura a la vida teologal.
  • El buenísmo: Creemos que somos tan buenos, que en ocasiones nos excedemos en lo mismo buenos que somos, eso es el buenismo. Este es el caso de algunos políticos que viven señalando a los malos y presentándose ellos como los buenos. Como también es el caso de quienes marchan y protestan contra la impunidad y la injustica porque hay muchos impuestos que pagar. Pero ninguno de ellos sabe en el fondo que pelea. Solo les enorgullece falsamente presentarse como los caudillos, los ‘falsos mesías’ o los idiotas útiles, que nos hacen creer que en el mundo solo caben los buenos y que hay que eliminar a los malos. ¿En serio esto es ser bueno? Lo mismo ocurre en la fe cristiana, nos creemos tan buenos, que no hacemos oración y mucho menos practicamos la vida sacramental, porque no lo necesitamos. Y más triste aun, es que pensamos que solo los cristianos somos los verdaderamente buenos. Puesto que los que no son como nosotros —cristianos, católicos, apostólicos y romanos—, no son buenos.

Ahora reflexionemos: ¿Qué me impide vivir teologalmente?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la circunspección

Martes, 27 Noviembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la circunspección? Es otra virtud auxiliar de la prudencia, que nos lleva a comparar las mejores posibilidades que tenemos, antes de tomar la elección para conseguir el bien anhelado.

¿Acaso no basta con saber si una cosa es buena o mala para saber elegir? No, como hemos dicho anteriormente cuando elegimos entre el bien y el mal —según nos convenga—, hacemos un juicio de conciencia. Pero luego de elegir el bien, la prudencia nos ayuda a evaluar y a seleccionar las mejores posibilidades para elegir entre tantas, la mejor para alcanzar el bien deseado. De esta manera, la prudencia tiene muchas virtudes que le ayudan en este proceso. Una de ellas es la circunspección.

¿Cuál es la esencia de la circunspección? Saber comparar entre las mejores posibilidades, antes de una elección. Para ello la circunspección siempre tiene en cuenta las circunstancias que vivimos. Una cosa es desear un bien y saber que lo podemos obtener; otra cosa es saber cual es la mejor forma de alcanzarlo; y otra muy distinta es saber si las circunstancias nos permiten obtener aquello que deseamos de la mejor manera.

¿En la vida práctica para que sirve esta virtud? Para tomarnos el tiempo de pensar y hacer las cosas bien. No podemos andar por la vida eligiendo bienes sin saber si nos convienen o no. A veces por ejemplo, creemos enamorarnos de alguien y comenzamos una relación afectiva con esa persona. En el mejor de los casos, medianamente tenemos un conocimiento previo de esta persona. Sin embargo, nos decimos a nosotros mismos: ‘en el camino nos conoceremos’. Pero nunca nos detenemos a pensar antes: ¿será que me conviene esta persona para mi vida? ¿qué quiero yo de mi vida afectiva? ¿cuál será el mejor momento para empezar una relación afectiva? ¿cuándo sabré que conozco suficientemente a alguien para proponerle que empecemos una relación afectiva?

Ahora bien, no solo en la vida sentimental se aplica la circunspección. En otras dimensiones de la vida cotidiana siempre es necesaria. Sobre todo cuando nos enfrentamos a tomar decisiones que cambian nuestra vida. La circunspección es una virtud humana que sabiéndola ejercer, nos hace volvernos dueños de nosotros mismos y aumenta el amor por nosotros y por los demás.

¿Qué alcances tiene esta virtud en la sociedad? Que nos preocupamos por educar a las demás personas para que sepan elegir. Quien vive la circunspección quiere que otros también la vivan. Puesto que quien la practica, difícilmente se equivoca. Sin embargo hay que saber, que si se cometen errores estos pueden ser por múltiples factores, no necesariamente por no ejercercitar la circunspección. Tengamos la seguridad que hasta el mismo Jesucristo ejerció esta virtud al momento de elegir a los 12 apóstoles. Puesto que entre tantos seguidores que tenia, eligió solo unos pocos. Es decir entre el bien, eligió lo mejor de este.

¿Cuál es el vicio de la circunspección? La precipitación y el no saber deliberar. Parecen lógicos estos vicios, pero no solo son ellos los que se oponen a la circunspección, sino todo lo que se deriva de ellos.

  • La precipitación: Es la rapidez con que tomamos decisiones sin elegir bien. La mayoría de veces tomamos decisiones sobre nuestra vida y la de los demás, sin pensar. Esto es triste, porque no hemos comprendido que la vida es un Don de Dios. Es un regalo de él. De ahí que debemos cuidar todos los detalles que tengan que ver con las decisiones que tomemos en nuestra vida y en la de los demás. Necesitamos tiempo para pensar ¿cuánto tiempo es necesario? el que sea, se trata de nuestra vida y debemos emplear el tiempo que consideremos justo y decidir. Tampoco podemos esperar que la vida, el tiempo y otras personas, tomen determinaciones sobre nosotros, debido a nuestra negligencia e impotencia para decidir.
  • No saber deliberar: Es sacar conclusiones erradas sobre algo, cuando tenemos los elementos necesarios para razonar bien. Tal vez por vivir en un mundo de consumo inmediato, pensamos que ‘pensar’ también se hace rápido. Por ello no solo la precipitación es un vicio, sino el no saber deliberar. Es común que hagamos juicios sin indagar. Tanto así que decimos no necesitar conocer las cosas, para saber de que se tratan. Damos todo por supuesto. De ahí que no solo la verdad esté en crisis, sino que por tomar las cosas de prisa y sin saber lo que decimos, tenemos que enfrentar malas consecuencias.

¿Cómo vivir la circunspección de manera práctica? Con amor propio. Cada decisión que tomemos sobre nosotros mismos, merece la pena que la hagamos bien tomándonos un tiempo para pensar y decidir. Desde la ropa que vestimos, los alimentos que consumimos y todo lo que afecte nuestra vida. Especialmente en el ámbito educativo y sin lamentarnos:

  • La educación: Es para todas las personas, no solo para los niños. Debemos enseñar a los demás a que tomen sus propias decisiones valorando bien lo que deciden. A los niños se les prohíben ciertas cosas, pero es necesario enseñarles porque es nocivo aquello que se les prohíbe. Y además hay que enseñarle a buscar otras alternativas y acompañarlos a que decidan bien. 
  • Lamentarse: Quien decide bien sobre algo, nunca se lamenta así las cosas no salgan como esperaba. Puesto que el tomar una decisión implica valorar todas las posibilidades para elegir bien. Los únicos que se lamentan son los niños cuando nadie los orienta, porque ellos quieren las cosas inmediatamente y cuando las consiguen por su propia cuenta, a veces se llevan sorpresas desagradables y se lamentan de lo que hacen. No podemos seguir eligiendo sobre nuestra vida y después lamentarnos. Pregúntate: ¿Conoces a alguien que quejándose o explicando el porqué fue que no salieron las cosas bien, ha progresado en su vida?

Finalmente reflexionemos para comenzar a ejercer la circunspección: ¿En que situaciones me cuesta tomar decisiones que afectan mi vida no hago nada por miedo o mediocridad?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la previsión

Miércoles, 21 Noviembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la previsión? Es la virtud auxiliar de la prudencia, que nos lleva a poner cada cosa en su lugar y a proyectar la mejor forma de conseguir el bien. 

¿Para qué nos sirve esta virtud en al vida diaria? Para ser ordenados en todo lo que hacemos. Con ello distribuimos correctamente el tiempo y todas nuestras actividades. Puesto que es en la vida diaria donde nos santificamos con nuestras tareas. De ahí la importancia de que todo tenga un orden, jerarquía y coherencia, puesto que toda acción nuestra merece hacerse de la mejor manera posible y no de una forma mediocre.

¿Cómo formarnos para adquirir esta virtud? En primer lugar queriendo ser prudentes —de esto ya hemos hablado antes—. Luego debemos organizar nuestras ideas sobre el sentido propio de nuestra vida. Después debemos jerarquizar nuestras obligaciones personales, familiares y sociales. Y por último debemos planear como organizar mejor la forma de trabajar y de divertirnos.

1. El orden del sentido propio de vida: Aquí debemos preguntarnos ¿qué es lo que le da sentido a mi vida? Y según la respuesta que demos, todo lo que hagamos en la vida girará alrededor de ello. De ahí que el que piensa que ‘sin dinero no se puede vivir’, haga todo lo posible para conseguirlo. Lo mismo sucede con la persona que considera la vida sexual como lo más importante, pues ellos dicen que ‘sin sexo no tiene sentidola vida’. Otros por ejemplo afirman que son su propios hijos los que le dan sentido a su vida. Y por otro lado, algunos que viven solos dirán, que todo el sentido de la vida está en ser ‘feliz con su mascota’. En fin, cada quien puede tener una respuesta diferente.

Ahora bien, lo preocupante de la respuesta que demos, es que si algún día nos llegara a faltar aquello que afirmamos ser lo que le da sentido a nuestra vida, pues todo se terminaría. Ya que  la vida se nos acaba. Así, el que no tiene dinero vive frustrado y sin sentido, lo mismo le ocurre al que busca una vida sexual activa constante. Y de igual modo con las personas que trabajan por los hijos, pues si estos se mueren todo ha terminado para ellos. Y ni hablar de aquellos a quienes les falte el día de mañana su mascota, que poco a poco la tratan como a una persona por vivir en una soledad nefasta.

Pensemos bien la respuesta que demos. Puesto que esto nos obliga a saber que se trata de algo tan íntimo y fundamental, que si nos lo quitan nos morimos. Sea la respuesta que demos, ella va ser el motor de todo lo que hagamos. Por aquella respuesta nos desgastaremos toda la vida. Así pues, empecemos por ordenar la cabeza. Saber qué es lo que habremos de sostener y defender a través de nuestras vida, exige claridad de principios. Para que nuestras decisiones sean las correctas, tendremos que saber qué es lo más importante para elegir bien. Si no tenemos una prioridad, viviremos en el caos y la confusión.

Pero como se trata de formarnos en la virtud de la previsión. Solo quien considere a Dios como el motor de su vida, podrá formarse en ella. Esto va más allá del plan romántico de considerar a Dios como lo primero de todo, cuando en realidad no lo es. Muchas veces decimos que él es el primero en nuestras vidas, pero nuestras acciones dicen lo contrario. Si Dios no es el motivo por el cual hago todo en la vida, es imposible alcanzar una vida virtuosa que llegue hasta lo sobrenatural.

2. Las obligaciones personales, familiares y sociales: El orden en la relación con las personas comienza con la familia. Según la importancia y jerarquía que tiene cada uno, será el lugar debido que habrá que darle dentro de la misma. Quien tiene un ambiente familiar claro y recto en el amor y en la verdad, puede ser ciudadano de bien. Solo en el crecimiento del amor familiar, se puede garantizar la dinámica de las relaciones sociales como un bien que debemos mantener. Es parte de nuestra naturaleza el ser sociales. Por ello el prever como mejorar y mantener nuestro entorno como un lugar en el que siempre queremos estar, es un asunto virtuoso.

En el orden de la sociedad es la función propia del Estado, quien debe velar para que se respete el orden natural establecido por Dios a todos los ciudadanos. Desde el derecho a nacer, de poder formar una familia y mantenerla dignamente. Así como de tener un trabajo y sueldo digno que nos permita vivir. Igualmente es una función del Estado garantizar la seguridad jurídica y pública de sus ciudadanos.

Es función propia del Estado el asegurar el orden y el impedir la anarquía dentro de la sociedad, que es cuando se transmite que falta gobierno y reina el caos y la confusión dentro de la sociedad. La razón de ser del Estado es la de ser el activo promotor del Bien común, que es el bien de todos, y no de algunos. Pero esto solo es posible si las personas que conforman el gobierno del Estado ejercen la virtud de la previsión. De ahí la importancia de reconocer a Dios como lo principal en nuestra vida. De lo contrario actuaremos solo por amor a la humanidad, es decir una filantropía vacía, que busca mantener las leyes de la humanidad según los gustos de cada quien.

3. La planeación del trabajo y la diversión: No podemos ser esclavos del trabajo no de la diversión. Planear nuestras actividades laborales y lúdicas, implica de parte nuestra ejercer la autoridad para pagar el precio de una cuota de soledad. Puesto que debemosasumir la responsabilidad de muchas decisiones y dar el ejemplo a otros. Muchas veces se deseará tal vez compartir y disfrutar con nuestros compañeros de trabajo el ambiente laboral. Pero esta sana convivencia no se debe confundir con la evasión de nuestras responsabilidades. Hay momentos para todo. De esta forma, debemos privarnos de algo que puede ser lícito, pero que no corresponde con nustras responsabilidades laborales y lúdicas. NO todo puede ser trabajo en la vida. Pero tampoco no todo puede ser diversión desmedida.

¿Qué relación puede tener la previsión con Dios, si esta es una virtud humana? Tiene una relación muy intima. Puesto que si la previsión nos ayuda a ser ordenados, basta con mirar la obra de la creación, para saber que ella es perfecta porque tiene jerarquía, coherencia y orden. Aquí podríamos citar innumerables ejemplos, pero quedemos con la belleza y armonía de la naturaleza entera y del cuerpo humano, por su maravilloso funcionamiento. Los Diez Mandamientos y las Bienaventuranzas, que fueron dadas al hombre para que llegara la felicidad plena. En fin, toda la creación es un canto al orden del creador.

¿Cuáles son los vicios de la previsión? Todos lo que pueden provenir del desorden. Por tanto un ‘desorden extremo’ se convierte en una anarquía que degenera la humanidad. Sin embargo, el exceso de orden también es un vicio. Esto ya no será virtud sino lo contrario, un desorden. Porque los valores se invierten de tal forma, que parece entenderse que el hombre esta hecho para las cosas, no las cosas para el hombre.

Y para nuestra reflexión final preguntémonos: ¿En que situaciones me cuesta ser ordenado?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la sagacidad

Miércoles, 14 Noviembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la sagacidad? Es la virtud que nos lleva adquiriruna recta opinión por propia iniciativa, para dar un juicio claro y recto sobre una acción. Además, la sagacidad es una virtud auxiliar de la prudencia.

¿Qué finalidad busca esta virtud? Al igual que la docilidad, encamina al hombre para que reciba de otro una apreciación recta.

¿Cómo actúa esta virtud? Permaneciendo en una actitud de vigilancia constante. Pues se valoran todas las posibilidades para dar un juicio. De esta forma le ayuda a la prudencia a conseguir de la mejor forma, el bien deseado.

¿La sagacidad es un juez que no duerme? No, la sagacidad no se presenta como una actitud esquizofrénica que lo quiere controlar todo. La sagacidad vigila la consecución del bien. A ella no le corresponde juzgar si la acción es mala o buena. Lo que la sagacidad hace es actuar con habilidad, rapidez, y facilidad de invención, para conseguir el bien de la mejor forma posible.

¿Cuál es el vicio de a sagacidad? La astucia. Muchos pueden pensar que esta es una cualidad pero no. El astuto no busca el bien, sino conseguir lo que desea a cualquier precio sin necesidad de que este sea una bien. En cambio el sagaz actúa con la misma habilidad del astuto, pero siempre bajo la búsqueda del bien.

Adicional a esto, hay que decir que la astucia nace de la avaricia. Ella consiste en el desmesurado afán de poseer cuantos bienes estime el hombre que puedan asegurar su grandeza y su dignidad. Ésta es una actitud propia de quienes sólo busca seguridades y ha perdido virtudes como la audacia y la sagacidad.

¿Cuáles son los enemigos de la sagacidad? Todos los que provienen de la astucia. En especial la precipitación, la ira y las pasiones desordenadas. Estos tres ‘enemigos’ no solo van en contra de la sagacidad, sino de cualquier virtud que este relacionada con la prudencia.

  • La precipitación: Cuando se decide sin reflexionar, por las prisas o los sufrimientos.
  • La ira: Cuando se es débil de voluntad, es más fácil dejarse llevar por estados de ánimo, que nos quitan la paz porque la razón no tiene claridad para decidir.
  • Las pasiones desordenadas: Cuando se decide sobre algo, no para buscar el bien sino el deleite personal. Tomar una decisión en este estado, es un gran error porque la razón esta dominada por lo placentero del beneficio personal.

¿Qué gracias son evidentes de la sagacidad en la vida diaria? Son muchos los alcances de la sagacidad. Habría que entender cada caso en particular para hacer una lista. Sin embargo de manera general, nos ayuda a que busquemos realmente el bien y no beneficios superfluos. Y nos ayuda a tener una vida mas organizada afectiva, laboral y espiritual.

¿La sagacidad es la cumbre de la virtudes? No, el sagaz no se las sabe todas. Por el contrario, la persona sagaz siempre pregunta, indaga y se inquieta porque cada decisión que tome esté conforme con lo que espera para su vida. Por ello es común ver que muchas personas disciplinadas y con grandes reconocimientos, investigan todas las consecuencias antes de tomar una decisión. El sagaz es la persona que descubre la necesidad de vivir una vida llena de virtudes y por ello procura los medios para conseguirlas.

Ahora reflexionemos: ¿Soy una persona que actúa con astucia o con sagacidad?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la docilidad

Miércoles, 07 Noviembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la docilidad? Es la virtud que nos lleva a hacer lo que se nos manda o aconseja tranquilamente sin violentarnos, ni oponiendo resistencia.

¿Cuál es el alcance de esta virtud? La docilidad es una virtud auxiliar de la prudencia. Ella hace fácil la tarea de que se nos enseñe algo. Por ello el dócil esta dispuesto para aceptar las indicaciones que se le den, porque busca encaminarse hacia el bien.

¿De donde proviene la docilidad como virtud? La docilidad es hija de la prudencia y de la humildad, porque la actitud dócil es la que está abierta al aprendizaje a la corrección y al consejo. 

¿Qué ganamos siendo dóciles? Que se podamos conocer la verdad. Esto nos aliviará, nos facilitará y nos suavizará el obedecer y el dejarnos enseñar. 


¿Qué es lo difícil de ser dócil? Serlo ante los ojos de Dios. Pues esto consiste en hacer fácil que se nos enseñe lo que es bueno o malo según su Ley; y no lo que a nosotros nos parece.

¿Cuál son los vicios de la docilidad? La soberbia, el rechazo y la rebeldía de la autonomía. Pues indispone a la persona para ser enseñada y aconsejada. Pero peor aun impide que ella pueda escuchar. Aquí algunos ejemplos:

  • El paso de la verdad a la certeza: El origen de estos vicios radica en que ya nadie busca vivir en la verdad, sino en la seguridad. Por ello es ridículo y absurdo pensar que se puede seguir buscando la verdad, cuando lo mas fácil es adherirse a las certezas. Estas son demostrativas y ya es tan garantizadas. Es mas si se llegara a caer en el error de aferrarse a una certeza falsa, pues se cambia de certeza y el problema esta solucionado. En el fondo lo que hay que un afán de vivir en un legalismo. Se quiere legalizar todo, porque se cree que todo aquello que ampara la ley es bueno, digno y debe enseñarse para ser libre.
  • La falsa educación: Ahora se ha puesto en práctica la manía de enseñar cosas contrarias a la obra de Dios. Por ejemplo, se enseña que hay personas que nacieron en el cuerpo equivocado porque su “género” es distinto al “sexo biológico”. Estas ideologías neo-marxistas, solo pretenden imponer su ley sin escuchar a nadie. Es usual que este grupo de personas digan que están abiertas al diálogo, porque tienen pruebas científicas de lo que dicen. Pero en el fondo es un farsa porque no demuestran nada. Es más, si no se aceptan lo que proponen, se hacen las víctimas. Es decir estamos ante una falsa educación impuesta por personas que actúan como adolescentes rebeldes, porque no escuchan, imponen.
  • La libertad sin Dios: Muerta la verdad e impuesta la educación cualquier cosa es válida. La sociedad ya no tiene un código moral que le ayude a vivir en una ética coherente. Aquí ya no tienen sentido ni las virtudes ni los valores. La docilidad es un asunto de tontos. Nada esta prohibido y todo vale. De ahí que muchas personas vivan en el desespero y se suiciden o enloquezcan. Las cosas ya no tienen sentido, ni siquiera el placer sexual que en otras épocas fue tan dominante. Muchos viven su vida en apariencias; y otros tantos viven en soledades enfermizas. Así que para ellos hablarles de Dios o de docilidad, es regresarlos al origen del universo. Tristemente ellos dicen ser gente de avanzada, que han progresado y se han sacudido del pasado.
  • La destrucción del lenguaje: Esta es una consecuencia un tanto risible pero muy triste. Muchas lenguas se han visto deformadas en la gramática y en la sintaxis. Las ideologías socialistas y populistas quieren imponer un lenguaje que no discrimine. Un idioma libre de genero y de sexo. Este tipo de situaciones se han visto particularmente en el francés y en el español —aquí no vamos a dar ejemplos de esto, en internet hay cientos de ellos—. Lo cierto es que ya no solo se quiere modificar la corporalidad, la convivencia social, sino hasta la forma de comunicarnos. Es hora de preguntarnos seriamente: ¿cuál es el siguiente paso de la degradación? Las sociedades en donde hay imposición de una moral, muere la verdad y no tiene espacio la docilidad.

¿Por qué se dice que la Sagrada familia es ejemplo de docilidad? Porque Jesús fue dócil a la voluntad del Padre y de la enseñanza en el hogar de Nazaret. La Santísima Virgen fue dócil para aceptar su maternidad divina que no estaba en sus planes. Y San José fue dócil en escuchar a Dios para comprender que el niño es una obra del Espíritu Santo; y de esta forma salvarlo junto con su madre, al huir a Egipto.

¿Cómo aprender a ser dóciles? No se aprende, solo se pone en práctica esta virtud humana. Un ejercicio que ayuda mucho es buscar un sacerdote para realizar un plan espiritual con él. Se trata de que el sacerdote haga las veces de director espiritual y confesor para ayudarme a crecer en mi vida espiritual y en todos los ambientes. Esto no es una tarea romántica, esto es algo serio. Porque llegara el día en que el director como un juez me diga que hay cosas que están mal. Un director espiritual no dice lo que yo quiero oír, sino que me exige para crecer. El aceptar estas exigencia y el ponerlas en práctica solo se puede lograr porque se ejerce la virtud de la docilidad. El alcance de esta virtud la obtenemos en las obras de misericordia: “corregir al que yerra” y “enseñar al que no sabe”. Sin la docilidad es imposible llegar a la santidad.

Para nuestra reflexión final: ¿En que situaciones de mi vida no soy dócil?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la prudencia moral

Martes, 30 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la prudencia? Es una virtud que perfecciona a la razón para que delibere y juzgue bien sobre lo que desea hacer e impulse su realización.

¿Es correcto hablar de prudencia moral? Sí, la cual consiste en promover a la persona para que haga las cosas de la mejor forma posible. Mientras que la prudencia intelectual solo busca indagar y juzgar los mejores medio para hacer las cosas.

¿Entonces cuantas prudencias hay? Solo una. Lo que acontece es que esta virtud tiene tres dimensiones: el consejo, el juicio y la promoción del bien. Las dos primeras pertenecen al ámbito intelectual —que ya hemos estudiado anteriormente—. Pero la promoción del bien, es la dimensión que hace que la prudencia se conozca como virtud cardinal o moral. 

¿Por qué es tan importante la prudencia dentro de las virtudes? Porque gracias a su triple dimensión, perfecciona el intelecto y la forma de conseguir el bien. Dicho en palabras mas sencillas, la prudencia perfecciona nuestra manera de pensar y nos ayuda a realizar las cosas de la mejor forma. De ahí que esta virtud sea conocida como la virtud común. 

¿En que consiste la virtud de la prudencia moral? Para ser prudentes no basta con deliberar o aconsejarse bien y juzgar rectamente lo que debe hacerse. Es preciso poner en práctica lo que se ha juzgado como bueno. Pues bien esta puesta en práctica es lo que se conoce como prudencia moral. Ella consiste en mandar sobre uno mismo para realizar lo que se debe hacer. Puesto que solo uno mismo admite que se haga aquello que ya ha sido previamente analizado. Este acto de la prudencia es conocido como el imperio.

¿Ser prudente no es dejar de hacer las cosas? No, comúnmente cuando le decimos a alguien que ‘sea prudente’ con algo o con alguien; lo que en realidad le estamos diciendo consiste entre cosas:

  • Que se aconseje sobre lo que debe hacer.
  • Que según lo aconsejado y según sus propios juicios, decida que es lo que va realizar.
  • Que según la decisión tomada, mande sobre sí mismo para que lo haga.

Es decir, ser prudente es pensar muy bien y actuar. Jamás el convertirnos en prudentes es convertirnos en cobardes y miedosos. Ser prudente no es no meternos en problemas. Ser prudentes es decidir sobre cual es la mejor forma de conseguir aquello que considero como un bien para mi.

¿Cuál es el vicio de la prudencia moral? La inconstancia, que consiste en despreocuparse de llevar a cabo lo decidido. He aquí que estamos ante un imprudente. La persona inconstante es aquella que, a pesar de haber formulado propósitos correctos, sensatos, después no los pone en práctica ya sea por pereza, debilidad, cobardía, sensualidad. Es decir, por dejarse llevar de alguna pasión desordenada. Frecuentemente se pretende legitimar esta actitud negligente como prudencia.

¿Por qué es importante la prudencia para la vida en sociedad? Porque la prudencia no es una virtud exclusivamente individual, para el gobierno de la propia vida moral. Es más, la forma más perfecta y específica de la prudencia pertenece a la persona que, además de gobernarse a sí misma, tiene la función de gobernar a la comunidad. Esta virtud adquiere una especial importancia en la vida de quienes, tienen la función de dirigir, gobernar, enseñar, formar: políticos, maestros, padres de familia, pastores de la Iglesia.

¿Cuál es la importancia de la prudencia en la vida cristiana? La prudencia es la forma de todas las virtudes morales. Pero la prudencia, a su vez debe ser informada por la caridad. Esto quiere decir que por encima de los motivos de la persona prudente, hay otro más elevado: el amor sobrenatural a Dios. Esta es la prudencia cristiana, la cual mediante la fe informada por la caridad, abre al hombre a un ámbito de perfección para buscar la felicidad.

Es mas, se puede decir que la prudencia cristiana no sería verdadera prudencia si no contase con la gracia de Dios. Hay que establecer cierta conexión entre prudencia y esperanza. Porque si desde el punto de vista humano es imprudente emprender algo que no tiene probabilidades de éxito, no es contrario a la prudencia cristiana ir buscando lo que la gracia de Dios nos permite esperar.

Y para nuestra reflexión final sinceramente preguntémonos y respondámonos: ¿En que situaciones de mi vida soy prudente?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Dicho en palabras de Santo Tomás: «Es la virtud que tiene por objeto lo difícil y lo bueno. Por eso, donde hay una especial dificultad hay asimismo una virtud especial. De ahí que el persistir en la práctica de alguna obra buena por el tiempo que sea, hasta su consumación, es objeto de una virtud especial» (Suma de Teología II-II, qq.137-138).

¿Es lo mismo hablar de la perseverancia que de la constancia? No son la misma cosa, sin embargo ambas son virtudes auxiliares de la fortaleza. La perseverancia lo que propiamente hace es permitirle al hombre permanecer en el bien a pesar y en contra de la dificultades que provengan de la labor propia que él realiza. Ella es una virtud que nos ayuda a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que nos ocasione su prolongación temporal. Dicho en otras palabras, es la firmeza y constancia en los propósitos y en las resoluciones de ánimo. 

En cambio, la constancia nos conduce a llevar a cabo lo necesario para alcanzar las metas que nos hemos propuesto, pese a las dificultades internas o externas o a la disminución de la motivación personal por el tiempo transcurrido, sustentando el trabajo a fuerza de voluntad sólida que nos lleva a un esfuerzo continuado, venciendo las dificultades y venciéndonos a nosotros mismos. Dicho en otras palabras, la constancia es lo que fortalece nuestra voluntad para continuar en una meta que nos hemos propuesto y nos ayuda a vencernos a nosotros mismos para no flaquear en lo cotidiano. Así como la tolerancia y la paciencia están dirigidas hacia las personas, la constancia está dirigida hacia un objetivo bueno, una meta o tarea a lograr.

Es decir se es perseverante cuando se supera lo difícil que es mantenerse en el bien. Y se es constante en algo bueno, cuando no nos dejamos vencer por los factores externos que impiden realizar aquello en lo que somos perseverantes.

¿La perseverancia necesita de la ayuda divina? Si, aunque su naturaleza es humana, esta virtud necesita de la ayuda de la gracia porque para mantenerse en el bien es fundamental discernirlo solo desde el espíritu de Dios. El hombre puede distinguir entre el bien y el mal, pero para buscar el bien y mantenerse en el, se requiere de la ayuda divina porque solo no podría hacerlo.

¿Quién es perseverante es terco? No, la perseverancia no es terquedad que es cuando nos obstinamos o nos mantenemos inflexibles en cambiar de opinión o en reconocer que nos hemos equivocado sin siquiera analizarlo, cuando todo nos indica que estamos en el error. A la perseverancia se opone la inconstancia —un gran vicio—, que es la superficialidad con que cambiamos de opinión, de amigos, de trabajo o de objetivos, y demuestra, entre otras cosas, una gran superficialidad e inestabilidad en nuestras vidas. Lo grave de este vicio es que generalmente tampoco lo aceptamos, y nos vivimos disculpando ante los demás y ante nosotros mismos de todos nuestros vaivenes, tratando de dar explicaciones que justifiquen nuestra actitud. Si no conocemos a nuestros defectos interiores no podremos combatirlos. Hay personas que viven situaciones en condiciones tan desfavorables que necesitan tener temple de acero para salir adelante. Para ello hará falta la virtud de la tenacidad, que es  superior aún a la perseverancia por ser más aguda la meta a lograr, más ardua y difícil.

¿Para qué se necesita la virtud de la tenacidad? La tenacidad es la virtud que nos capacita para superar esfuerzos psicológicos superiores, sin que ellos nos venzan o nos fracturen. Es la resistencia relacionada con las tensiones del alma y de la voluntad, que conlleva una lucha espiritual. Por ejemplo podremos ser perseverantes en aprender bien y sin acento un idioma extranjero. Ahora, si queremos obtener un titulo académico teniendo algún impedimento físico que altere nuestros sentidos, necesitaremos enormes dosis de tenacidad —inclusive superando los dictámenes médicos—. Siempre nos generarán enorme respeto las personas que, aún con grandes limitaciones, se imponen a sí mismas un objetivo y nada las detiene.

¿Cómo vincular la constancia, la perseverancia y la tenacidad? Por medio del amor al bien que genera disciplina. La constancia practicada como estilo de vida y la perseverancia en dosis superiores a lo normal y prolongada en el tiempo, llevan a la tenacidad que florece sobre todas estas virtudes. La tenacidad no es terquedad, manteniéndonos enceguecidos. Esta no es una actitud cristiana sino viciada. La persona tenaz tiene ideales y objetivos elevados que la sostienen porque provienen de su propia naturaleza y de la divinidad.

Y ahora reflexionemos: ¿Cuáles son mis actos perseverantes, constantes y tenaces que me mantienen virtuosamente en el bien?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la magnanimidad

Martes, 16 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos dispone a dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad.

¿Cuál es el alcance de esta virtud? Que va más allá de una simple ilusión de hacer las cosas bien. Porque el magnánimo en sus propósitos aleja la envidia y el resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia.

¿Entonces la generosidad y la magnanimidad se tratan de lo mismo? No, ambas son virtudes cercanas y relacionadas. Sin embargo hay que decir que el generoso es desprendido de sí mismo, incluyendo sus riquezas materiales y espirituales. Y el magnánimo no necesariamente actúa con generosidad, ya que lo principal es que considera como propio el honor por haber realizado algo arduo, no cualquier cosa. Porque lo busca es actuar siempre con grandeza, La grandeza que busca el magnánimo no es para hacerse notar, sino porque le interesa hacer ciertas cosas difíciles de la mejor manera.

¿En que consiste el honor que busca la magnanimidad? En que la persona reconoce que el honor por la satisfacción del deber cumplido, proviene de Dios. De esta forma la persona vincula su esfuerzo personal en la relación con Dios de tal manera que reconoce que sin él no puede hacerlo. El honor por tanto consiste en sentirse hijo de Dios amado por él.

¿Qué relación tiene la magnanimidad con las demás virtudes? Que la magnanimidad para aspirar a los grandes honores provenientes de Dios, es la virtud que me permite ordenar las demás virtudes —que deben ejercitarse excelentemente— para que su vida tenga una verdadera condición filial respecto a Dios.

¿Cómo saber si se actúa magnánimamente? Porque cuando realizamos actos difíciles procurando hacerlos de la mejor manera, no hacemos alarde del buen resultado que obtenemos o del buen proceso que llevamos en aquello que queremos lograr. Presumir de lo que hacemos no tiene nada de virtuoso, eso sería actuar para hacernos notar y muchas veces si este es el fin la soberbia es la que nos impulsa a actuar, no la búsqueda del bien a partir de la magnanimidad.

¿Cuáles son los vicios de la magnanimidad? La soberbia, la cobardía y la mediocridad. De estos tres se desprenden muchos más que no dejan que la persona busque la perfección del bien. La soberbia —como dijimos anteriormente— se conoce porque hacemos alarde del resultado parcial o total obtenido. La cobardía nos aleja del bien que buscamos, sin ni siquiera intentarlo. Y la mediocridad nos lleva a actuar buscando caminos fáciles y muchas veces ilícitos para obtener un bien. Además cuando se actúa con mediocridad, no se hace por el gusto de hallar un bien arduo de conseguir, sino que nos preocupa es el deber de cumplir, más no el querer hacer un bien.

Un claro ejemplo de la virtud de la magnanimidad, nos lo ha enseñado el Papa Benedicto XVI. Primero porque sintiéndose ya entrado en años, estaba organizando su jubilación en los cargos administrativos de la curia romana, cuando fue elegido Papa; y pudiendo decir que no dijo si. Y segundo porque con la renuncia que él mismo hizo a la cátedra de Pedro años después, nos enseñó que en verdad ejerció su papel de pontífice con magnanimidad, demostrándonos que no actuó por poder sino por servicio. Vale la pena leer estas cortas palabras Benedicto XVI sobre el inicio de su pontificado, donde nos señala que Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien:

«Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor:  ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve carta que me escribió un hermano del Colegio cardenalicio. Me recordaba que durante la misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret:  ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir:  sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su carta:  “Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre”. Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos, un cristiano jamás está solo». (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los peregrinos alemanes, 25.4.2005).

Ahora reflexionemos: Concretamente ¿qué debo cambiar de mi vida para salir de la soberbia, la cobardía, la mediocridad y actuar con magnanimidad?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la generosidad

Miércoles, 10 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos dispone a realizar grandes gastos para realizar adecuadamente una gran obra. También es conocida como la virtud de la munificencia.

¿El gasto se refiere solo al ámbito económico? No, se trata de gastar todo lo que este a nuestro alcance para lograr algo bueno. Dicho de otra forma, es un gasto que consiste en desgastarse por algo bueno.

¿Qué es lo fundamental de esta virtud? Aprender a dar la vida por los demás. esto implica darlo todo, desde los propios bienes materiales hasta los espirituales: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» Jn 15,13.De ahí que el hombre munificiente es uno que da con generosidad real, que no hace las cosas buscando el beneficio propio sino magnífica, de acuerdo con la recta razón.

¿Quién es realmente el generoso? El que da de lo que tiene, no de lo que le sobra. La persona generosa es aquella que regula el uso de las riquezas personales. Tal cual como nos lo enseña Jesús, en el donativo de la viuda: «De verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra; esta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir». Lc 21,3-4. 

¿La persona generosa siempre es justa? No, ambas virtudes se relacionan estrechamente porque coinciden en lo mismo: el dar un bien a otro. Sin embargo, el hombre justo da un bien como consecuencia de una deuda extrínseca y en cierta medida, exigible por el acreedor. En cambio, la generosidad no se funda en un deber extrínseco, sino en un deber que el propio sujeto se impone a sí mismo en la medida en que vive desprendido de sus posesiones.

¿Cuál es el vicio de la generosidad? El egoísmo y todos lo que se puede derivar de el. Quien es egoísta solo piensa en el beneficio propio. No le interesa desgastarse por los demás y mucho menos por sí mismo. No se puede confundir la generosidad con la adulación, pues esta solo busca dar ‘golpes en la espalda’ para solicitar algún beneficio. Solo la persona generosa se desgasta por otro o por algo bueno, donde incluye toda su vida conformada por riquezas materiales y espirituales.

Pensemos en la obra de la Redención —Cristo dio su vida por nosotros— que muchos santos han contemplado y escrito sobre esto mismo, pues se trata de un acto no solo generoso y magnánimo, sino que es el hecho mismo del amor de Dios que nos salva. Un bello ejemplo lo encontramos en este soneto a Cristo crucificado que compuso Santa Teresa de Jesús:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

¡Tú me mueves, Señor!  Muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme en fin, tu amor, y en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Ahora reflexionemos: ¿Por quién me desgasto de manera virtuosa?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!