fr. Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

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La virtud de la previsión

Miércoles, 21 Noviembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la previsión? Es la virtud auxiliar de la prudencia, que nos lleva a poner cada cosa en su lugar y a proyectar la mejor forma de conseguir el bien. 

¿Para qué nos sirve esta virtud en al vida diaria? Para ser ordenados en todo lo que hacemos. Con ello distribuimos correctamente el tiempo y todas nuestras actividades. Puesto que es en la vida diaria donde nos santificamos con nuestras tareas. De ahí la importancia de que todo tenga un orden, jerarquía y coherencia, puesto que toda acción nuestra merece hacerse de la mejor manera posible y no de una forma mediocre.

¿Cómo formarnos para adquirir esta virtud? En primer lugar queriendo ser prudentes —de esto ya hemos hablado antes—. Luego debemos organizar nuestras ideas sobre el sentido propio de nuestra vida. Después debemos jerarquizar nuestras obligaciones personales, familiares y sociales. Y por último debemos planear como organizar mejor la forma de trabajar y de divertirnos.

1. El orden del sentido propio de vida: Aquí debemos preguntarnos ¿qué es lo que le da sentido a mi vida? Y según la respuesta que demos, todo lo que hagamos en la vida girará alrededor de ello. De ahí que el que piensa que ‘sin dinero no se puede vivir’, haga todo lo posible para conseguirlo. Lo mismo sucede con la persona que considera la vida sexual como lo más importante, pues ellos dicen que ‘sin sexo no tiene sentidola vida’. Otros por ejemplo afirman que son su propios hijos los que le dan sentido a su vida. Y por otro lado, algunos que viven solos dirán, que todo el sentido de la vida está en ser ‘feliz con su mascota’. En fin, cada quien puede tener una respuesta diferente.

Ahora bien, lo preocupante de la respuesta que demos, es que si algún día nos llegara a faltar aquello que afirmamos ser lo que le da sentido a nuestra vida, pues todo se terminaría. Ya que  la vida se nos acaba. Así, el que no tiene dinero vive frustrado y sin sentido, lo mismo le ocurre al que busca una vida sexual activa constante. Y de igual modo con las personas que trabajan por los hijos, pues si estos se mueren todo ha terminado para ellos. Y ni hablar de aquellos a quienes les falte el día de mañana su mascota, que poco a poco la tratan como a una persona por vivir en una soledad nefasta.

Pensemos bien la respuesta que demos. Puesto que esto nos obliga a saber que se trata de algo tan íntimo y fundamental, que si nos lo quitan nos morimos. Sea la respuesta que demos, ella va ser el motor de todo lo que hagamos. Por aquella respuesta nos desgastaremos toda la vida. Así pues, empecemos por ordenar la cabeza. Saber qué es lo que habremos de sostener y defender a través de nuestras vida, exige claridad de principios. Para que nuestras decisiones sean las correctas, tendremos que saber qué es lo más importante para elegir bien. Si no tenemos una prioridad, viviremos en el caos y la confusión.

Pero como se trata de formarnos en la virtud de la previsión. Solo quien considere a Dios como el motor de su vida, podrá formarse en ella. Esto va más allá del plan romántico de considerar a Dios como lo primero de todo, cuando en realidad no lo es. Muchas veces decimos que él es el primero en nuestras vidas, pero nuestras acciones dicen lo contrario. Si Dios no es el motivo por el cual hago todo en la vida, es imposible alcanzar una vida virtuosa que llegue hasta lo sobrenatural.

2. Las obligaciones personales, familiares y sociales: El orden en la relación con las personas comienza con la familia. Según la importancia y jerarquía que tiene cada uno, será el lugar debido que habrá que darle dentro de la misma. Quien tiene un ambiente familiar claro y recto en el amor y en la verdad, puede ser ciudadano de bien. Solo en el crecimiento del amor familiar, se puede garantizar la dinámica de las relaciones sociales como un bien que debemos mantener. Es parte de nuestra naturaleza el ser sociales. Por ello el prever como mejorar y mantener nuestro entorno como un lugar en el que siempre queremos estar, es un asunto virtuoso.

En el orden de la sociedad es la función propia del Estado, quien debe velar para que se respete el orden natural establecido por Dios a todos los ciudadanos. Desde el derecho a nacer, de poder formar una familia y mantenerla dignamente. Así como de tener un trabajo y sueldo digno que nos permita vivir. Igualmente es una función del Estado garantizar la seguridad jurídica y pública de sus ciudadanos.

Es función propia del Estado el asegurar el orden y el impedir la anarquía dentro de la sociedad, que es cuando se transmite que falta gobierno y reina el caos y la confusión dentro de la sociedad. La razón de ser del Estado es la de ser el activo promotor del Bien común, que es el bien de todos, y no de algunos. Pero esto solo es posible si las personas que conforman el gobierno del Estado ejercen la virtud de la previsión. De ahí la importancia de reconocer a Dios como lo principal en nuestra vida. De lo contrario actuaremos solo por amor a la humanidad, es decir una filantropía vacía, que busca mantener las leyes de la humanidad según los gustos de cada quien.

3. La planeación del trabajo y la diversión: No podemos ser esclavos del trabajo no de la diversión. Planear nuestras actividades laborales y lúdicas, implica de parte nuestra ejercer la autoridad para pagar el precio de una cuota de soledad. Puesto que debemosasumir la responsabilidad de muchas decisiones y dar el ejemplo a otros. Muchas veces se deseará tal vez compartir y disfrutar con nuestros compañeros de trabajo el ambiente laboral. Pero esta sana convivencia no se debe confundir con la evasión de nuestras responsabilidades. Hay momentos para todo. De esta forma, debemos privarnos de algo que puede ser lícito, pero que no corresponde con nustras responsabilidades laborales y lúdicas. NO todo puede ser trabajo en la vida. Pero tampoco no todo puede ser diversión desmedida.

¿Qué relación puede tener la previsión con Dios, si esta es una virtud humana? Tiene una relación muy intima. Puesto que si la previsión nos ayuda a ser ordenados, basta con mirar la obra de la creación, para saber que ella es perfecta porque tiene jerarquía, coherencia y orden. Aquí podríamos citar innumerables ejemplos, pero quedemos con la belleza y armonía de la naturaleza entera y del cuerpo humano, por su maravilloso funcionamiento. Los Diez Mandamientos y las Bienaventuranzas, que fueron dadas al hombre para que llegara la felicidad plena. En fin, toda la creación es un canto al orden del creador.

¿Cuáles son los vicios de la previsión? Todos lo que pueden provenir del desorden. Por tanto un ‘desorden extremo’ se convierte en una anarquía que degenera la humanidad. Sin embargo, el exceso de orden también es un vicio. Esto ya no será virtud sino lo contrario, un desorden. Porque los valores se invierten de tal forma, que parece entenderse que el hombre esta hecho para las cosas, no las cosas para el hombre.

Y para nuestra reflexión final preguntémonos: ¿En que situaciones me cuesta ser ordenado?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la sagacidad

Miércoles, 14 Noviembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la sagacidad? Es la virtud que nos lleva adquiriruna recta opinión por propia iniciativa, para dar un juicio claro y recto sobre una acción. Además, la sagacidad es una virtud auxiliar de la prudencia.

¿Qué finalidad busca esta virtud? Al igual que la docilidad, encamina al hombre para que reciba de otro una apreciación recta.

¿Cómo actúa esta virtud? Permaneciendo en una actitud de vigilancia constante. Pues se valoran todas las posibilidades para dar un juicio. De esta forma le ayuda a la prudencia a conseguir de la mejor forma, el bien deseado.

¿La sagacidad es un juez que no duerme? No, la sagacidad no se presenta como una actitud esquizofrénica que lo quiere controlar todo. La sagacidad vigila la consecución del bien. A ella no le corresponde juzgar si la acción es mala o buena. Lo que la sagacidad hace es actuar con habilidad, rapidez, y facilidad de invención, para conseguir el bien de la mejor forma posible.

¿Cuál es el vicio de a sagacidad? La astucia. Muchos pueden pensar que esta es una cualidad pero no. El astuto no busca el bien, sino conseguir lo que desea a cualquier precio sin necesidad de que este sea una bien. En cambio el sagaz actúa con la misma habilidad del astuto, pero siempre bajo la búsqueda del bien.

Adicional a esto, hay que decir que la astucia nace de la avaricia. Ella consiste en el desmesurado afán de poseer cuantos bienes estime el hombre que puedan asegurar su grandeza y su dignidad. Ésta es una actitud propia de quienes sólo busca seguridades y ha perdido virtudes como la audacia y la sagacidad.

¿Cuáles son los enemigos de la sagacidad? Todos los que provienen de la astucia. En especial la precipitación, la ira y las pasiones desordenadas. Estos tres ‘enemigos’ no solo van en contra de la sagacidad, sino de cualquier virtud que este relacionada con la prudencia.

  • La precipitación: Cuando se decide sin reflexionar, por las prisas o los sufrimientos.
  • La ira: Cuando se es débil de voluntad, es más fácil dejarse llevar por estados de ánimo, que nos quitan la paz porque la razón no tiene claridad para decidir.
  • Las pasiones desordenadas: Cuando se decide sobre algo, no para buscar el bien sino el deleite personal. Tomar una decisión en este estado, es un gran error porque la razón esta dominada por lo placentero del beneficio personal.

¿Qué gracias son evidentes de la sagacidad en la vida diaria? Son muchos los alcances de la sagacidad. Habría que entender cada caso en particular para hacer una lista. Sin embargo de manera general, nos ayuda a que busquemos realmente el bien y no beneficios superfluos. Y nos ayuda a tener una vida mas organizada afectiva, laboral y espiritual.

¿La sagacidad es la cumbre de la virtudes? No, el sagaz no se las sabe todas. Por el contrario, la persona sagaz siempre pregunta, indaga y se inquieta porque cada decisión que tome esté conforme con lo que espera para su vida. Por ello es común ver que muchas personas disciplinadas y con grandes reconocimientos, investigan todas las consecuencias antes de tomar una decisión. El sagaz es la persona que descubre la necesidad de vivir una vida llena de virtudes y por ello procura los medios para conseguirlas.

Ahora reflexionemos: ¿Soy una persona que actúa con astucia o con sagacidad?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la docilidad

Miércoles, 07 Noviembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la docilidad? Es la virtud que nos lleva a hacer lo que se nos manda o aconseja tranquilamente sin violentarnos, ni oponiendo resistencia.

¿Cuál es el alcance de esta virtud? La docilidad es una virtud auxiliar de la prudencia. Ella hace fácil la tarea de que se nos enseñe algo. Por ello el dócil esta dispuesto para aceptar las indicaciones que se le den, porque busca encaminarse hacia el bien.

¿De donde proviene la docilidad como virtud? La docilidad es hija de la prudencia y de la humildad, porque la actitud dócil es la que está abierta al aprendizaje a la corrección y al consejo. 

¿Qué ganamos siendo dóciles? Que se podamos conocer la verdad. Esto nos aliviará, nos facilitará y nos suavizará el obedecer y el dejarnos enseñar. 


¿Qué es lo difícil de ser dócil? Serlo ante los ojos de Dios. Pues esto consiste en hacer fácil que se nos enseñe lo que es bueno o malo según su Ley; y no lo que a nosotros nos parece.

¿Cuál son los vicios de la docilidad? La soberbia, el rechazo y la rebeldía de la autonomía. Pues indispone a la persona para ser enseñada y aconsejada. Pero peor aun impide que ella pueda escuchar. Aquí algunos ejemplos:

  • El paso de la verdad a la certeza: El origen de estos vicios radica en que ya nadie busca vivir en la verdad, sino en la seguridad. Por ello es ridículo y absurdo pensar que se puede seguir buscando la verdad, cuando lo mas fácil es adherirse a las certezas. Estas son demostrativas y ya es tan garantizadas. Es mas si se llegara a caer en el error de aferrarse a una certeza falsa, pues se cambia de certeza y el problema esta solucionado. En el fondo lo que hay que un afán de vivir en un legalismo. Se quiere legalizar todo, porque se cree que todo aquello que ampara la ley es bueno, digno y debe enseñarse para ser libre.
  • La falsa educación: Ahora se ha puesto en práctica la manía de enseñar cosas contrarias a la obra de Dios. Por ejemplo, se enseña que hay personas que nacieron en el cuerpo equivocado porque su “género” es distinto al “sexo biológico”. Estas ideologías neo-marxistas, solo pretenden imponer su ley sin escuchar a nadie. Es usual que este grupo de personas digan que están abiertas al diálogo, porque tienen pruebas científicas de lo que dicen. Pero en el fondo es un farsa porque no demuestran nada. Es más, si no se aceptan lo que proponen, se hacen las víctimas. Es decir estamos ante una falsa educación impuesta por personas que actúan como adolescentes rebeldes, porque no escuchan, imponen.
  • La libertad sin Dios: Muerta la verdad e impuesta la educación cualquier cosa es válida. La sociedad ya no tiene un código moral que le ayude a vivir en una ética coherente. Aquí ya no tienen sentido ni las virtudes ni los valores. La docilidad es un asunto de tontos. Nada esta prohibido y todo vale. De ahí que muchas personas vivan en el desespero y se suiciden o enloquezcan. Las cosas ya no tienen sentido, ni siquiera el placer sexual que en otras épocas fue tan dominante. Muchos viven su vida en apariencias; y otros tantos viven en soledades enfermizas. Así que para ellos hablarles de Dios o de docilidad, es regresarlos al origen del universo. Tristemente ellos dicen ser gente de avanzada, que han progresado y se han sacudido del pasado.
  • La destrucción del lenguaje: Esta es una consecuencia un tanto risible pero muy triste. Muchas lenguas se han visto deformadas en la gramática y en la sintaxis. Las ideologías socialistas y populistas quieren imponer un lenguaje que no discrimine. Un idioma libre de genero y de sexo. Este tipo de situaciones se han visto particularmente en el francés y en el español —aquí no vamos a dar ejemplos de esto, en internet hay cientos de ellos—. Lo cierto es que ya no solo se quiere modificar la corporalidad, la convivencia social, sino hasta la forma de comunicarnos. Es hora de preguntarnos seriamente: ¿cuál es el siguiente paso de la degradación? Las sociedades en donde hay imposición de una moral, muere la verdad y no tiene espacio la docilidad.

¿Por qué se dice que la Sagrada familia es ejemplo de docilidad? Porque Jesús fue dócil a la voluntad del Padre y de la enseñanza en el hogar de Nazaret. La Santísima Virgen fue dócil para aceptar su maternidad divina que no estaba en sus planes. Y San José fue dócil en escuchar a Dios para comprender que el niño es una obra del Espíritu Santo; y de esta forma salvarlo junto con su madre, al huir a Egipto.

¿Cómo aprender a ser dóciles? No se aprende, solo se pone en práctica esta virtud humana. Un ejercicio que ayuda mucho es buscar un sacerdote para realizar un plan espiritual con él. Se trata de que el sacerdote haga las veces de director espiritual y confesor para ayudarme a crecer en mi vida espiritual y en todos los ambientes. Esto no es una tarea romántica, esto es algo serio. Porque llegara el día en que el director como un juez me diga que hay cosas que están mal. Un director espiritual no dice lo que yo quiero oír, sino que me exige para crecer. El aceptar estas exigencia y el ponerlas en práctica solo se puede lograr porque se ejerce la virtud de la docilidad. El alcance de esta virtud la obtenemos en las obras de misericordia: “corregir al que yerra” y “enseñar al que no sabe”. Sin la docilidad es imposible llegar a la santidad.

Para nuestra reflexión final: ¿En que situaciones de mi vida no soy dócil?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la prudencia moral

Martes, 30 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿Qué es la prudencia? Es una virtud que perfecciona a la razón para que delibere y juzgue bien sobre lo que desea hacer e impulse su realización.

¿Es correcto hablar de prudencia moral? Sí, la cual consiste en promover a la persona para que haga las cosas de la mejor forma posible. Mientras que la prudencia intelectual solo busca indagar y juzgar los mejores medio para hacer las cosas.

¿Entonces cuantas prudencias hay? Solo una. Lo que acontece es que esta virtud tiene tres dimensiones: el consejo, el juicio y la promoción del bien. Las dos primeras pertenecen al ámbito intelectual —que ya hemos estudiado anteriormente—. Pero la promoción del bien, es la dimensión que hace que la prudencia se conozca como virtud cardinal o moral. 

¿Por qué es tan importante la prudencia dentro de las virtudes? Porque gracias a su triple dimensión, perfecciona el intelecto y la forma de conseguir el bien. Dicho en palabras mas sencillas, la prudencia perfecciona nuestra manera de pensar y nos ayuda a realizar las cosas de la mejor forma. De ahí que esta virtud sea conocida como la virtud común. 

¿En que consiste la virtud de la prudencia moral? Para ser prudentes no basta con deliberar o aconsejarse bien y juzgar rectamente lo que debe hacerse. Es preciso poner en práctica lo que se ha juzgado como bueno. Pues bien esta puesta en práctica es lo que se conoce como prudencia moral. Ella consiste en mandar sobre uno mismo para realizar lo que se debe hacer. Puesto que solo uno mismo admite que se haga aquello que ya ha sido previamente analizado. Este acto de la prudencia es conocido como el imperio.

¿Ser prudente no es dejar de hacer las cosas? No, comúnmente cuando le decimos a alguien que ‘sea prudente’ con algo o con alguien; lo que en realidad le estamos diciendo consiste entre cosas:

  • Que se aconseje sobre lo que debe hacer.
  • Que según lo aconsejado y según sus propios juicios, decida que es lo que va realizar.
  • Que según la decisión tomada, mande sobre sí mismo para que lo haga.

Es decir, ser prudente es pensar muy bien y actuar. Jamás el convertirnos en prudentes es convertirnos en cobardes y miedosos. Ser prudente no es no meternos en problemas. Ser prudentes es decidir sobre cual es la mejor forma de conseguir aquello que considero como un bien para mi.

¿Cuál es el vicio de la prudencia moral? La inconstancia, que consiste en despreocuparse de llevar a cabo lo decidido. He aquí que estamos ante un imprudente. La persona inconstante es aquella que, a pesar de haber formulado propósitos correctos, sensatos, después no los pone en práctica ya sea por pereza, debilidad, cobardía, sensualidad. Es decir, por dejarse llevar de alguna pasión desordenada. Frecuentemente se pretende legitimar esta actitud negligente como prudencia.

¿Por qué es importante la prudencia para la vida en sociedad? Porque la prudencia no es una virtud exclusivamente individual, para el gobierno de la propia vida moral. Es más, la forma más perfecta y específica de la prudencia pertenece a la persona que, además de gobernarse a sí misma, tiene la función de gobernar a la comunidad. Esta virtud adquiere una especial importancia en la vida de quienes, tienen la función de dirigir, gobernar, enseñar, formar: políticos, maestros, padres de familia, pastores de la Iglesia.

¿Cuál es la importancia de la prudencia en la vida cristiana? La prudencia es la forma de todas las virtudes morales. Pero la prudencia, a su vez debe ser informada por la caridad. Esto quiere decir que por encima de los motivos de la persona prudente, hay otro más elevado: el amor sobrenatural a Dios. Esta es la prudencia cristiana, la cual mediante la fe informada por la caridad, abre al hombre a un ámbito de perfección para buscar la felicidad.

Es mas, se puede decir que la prudencia cristiana no sería verdadera prudencia si no contase con la gracia de Dios. Hay que establecer cierta conexión entre prudencia y esperanza. Porque si desde el punto de vista humano es imprudente emprender algo que no tiene probabilidades de éxito, no es contrario a la prudencia cristiana ir buscando lo que la gracia de Dios nos permite esperar.

Y para nuestra reflexión final sinceramente preguntémonos y respondámonos: ¿En que situaciones de mi vida soy prudente?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Dicho en palabras de Santo Tomás: «Es la virtud que tiene por objeto lo difícil y lo bueno. Por eso, donde hay una especial dificultad hay asimismo una virtud especial. De ahí que el persistir en la práctica de alguna obra buena por el tiempo que sea, hasta su consumación, es objeto de una virtud especial» (Suma de Teología II-II, qq.137-138).

¿Es lo mismo hablar de la perseverancia que de la constancia? No son la misma cosa, sin embargo ambas son virtudes auxiliares de la fortaleza. La perseverancia lo que propiamente hace es permitirle al hombre permanecer en el bien a pesar y en contra de la dificultades que provengan de la labor propia que él realiza. Ella es una virtud que nos ayuda a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que nos ocasione su prolongación temporal. Dicho en otras palabras, es la firmeza y constancia en los propósitos y en las resoluciones de ánimo. 

En cambio, la constancia nos conduce a llevar a cabo lo necesario para alcanzar las metas que nos hemos propuesto, pese a las dificultades internas o externas o a la disminución de la motivación personal por el tiempo transcurrido, sustentando el trabajo a fuerza de voluntad sólida que nos lleva a un esfuerzo continuado, venciendo las dificultades y venciéndonos a nosotros mismos. Dicho en otras palabras, la constancia es lo que fortalece nuestra voluntad para continuar en una meta que nos hemos propuesto y nos ayuda a vencernos a nosotros mismos para no flaquear en lo cotidiano. Así como la tolerancia y la paciencia están dirigidas hacia las personas, la constancia está dirigida hacia un objetivo bueno, una meta o tarea a lograr.

Es decir se es perseverante cuando se supera lo difícil que es mantenerse en el bien. Y se es constante en algo bueno, cuando no nos dejamos vencer por los factores externos que impiden realizar aquello en lo que somos perseverantes.

¿La perseverancia necesita de la ayuda divina? Si, aunque su naturaleza es humana, esta virtud necesita de la ayuda de la gracia porque para mantenerse en el bien es fundamental discernirlo solo desde el espíritu de Dios. El hombre puede distinguir entre el bien y el mal, pero para buscar el bien y mantenerse en el, se requiere de la ayuda divina porque solo no podría hacerlo.

¿Quién es perseverante es terco? No, la perseverancia no es terquedad que es cuando nos obstinamos o nos mantenemos inflexibles en cambiar de opinión o en reconocer que nos hemos equivocado sin siquiera analizarlo, cuando todo nos indica que estamos en el error. A la perseverancia se opone la inconstancia —un gran vicio—, que es la superficialidad con que cambiamos de opinión, de amigos, de trabajo o de objetivos, y demuestra, entre otras cosas, una gran superficialidad e inestabilidad en nuestras vidas. Lo grave de este vicio es que generalmente tampoco lo aceptamos, y nos vivimos disculpando ante los demás y ante nosotros mismos de todos nuestros vaivenes, tratando de dar explicaciones que justifiquen nuestra actitud. Si no conocemos a nuestros defectos interiores no podremos combatirlos. Hay personas que viven situaciones en condiciones tan desfavorables que necesitan tener temple de acero para salir adelante. Para ello hará falta la virtud de la tenacidad, que es  superior aún a la perseverancia por ser más aguda la meta a lograr, más ardua y difícil.

¿Para qué se necesita la virtud de la tenacidad? La tenacidad es la virtud que nos capacita para superar esfuerzos psicológicos superiores, sin que ellos nos venzan o nos fracturen. Es la resistencia relacionada con las tensiones del alma y de la voluntad, que conlleva una lucha espiritual. Por ejemplo podremos ser perseverantes en aprender bien y sin acento un idioma extranjero. Ahora, si queremos obtener un titulo académico teniendo algún impedimento físico que altere nuestros sentidos, necesitaremos enormes dosis de tenacidad —inclusive superando los dictámenes médicos—. Siempre nos generarán enorme respeto las personas que, aún con grandes limitaciones, se imponen a sí mismas un objetivo y nada las detiene.

¿Cómo vincular la constancia, la perseverancia y la tenacidad? Por medio del amor al bien que genera disciplina. La constancia practicada como estilo de vida y la perseverancia en dosis superiores a lo normal y prolongada en el tiempo, llevan a la tenacidad que florece sobre todas estas virtudes. La tenacidad no es terquedad, manteniéndonos enceguecidos. Esta no es una actitud cristiana sino viciada. La persona tenaz tiene ideales y objetivos elevados que la sostienen porque provienen de su propia naturaleza y de la divinidad.

Y ahora reflexionemos: ¿Cuáles son mis actos perseverantes, constantes y tenaces que me mantienen virtuosamente en el bien?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la magnanimidad

Martes, 16 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos dispone a dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad.

¿Cuál es el alcance de esta virtud? Que va más allá de una simple ilusión de hacer las cosas bien. Porque el magnánimo en sus propósitos aleja la envidia y el resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia.

¿Entonces la generosidad y la magnanimidad se tratan de lo mismo? No, ambas son virtudes cercanas y relacionadas. Sin embargo hay que decir que el generoso es desprendido de sí mismo, incluyendo sus riquezas materiales y espirituales. Y el magnánimo no necesariamente actúa con generosidad, ya que lo principal es que considera como propio el honor por haber realizado algo arduo, no cualquier cosa. Porque lo busca es actuar siempre con grandeza, La grandeza que busca el magnánimo no es para hacerse notar, sino porque le interesa hacer ciertas cosas difíciles de la mejor manera.

¿En que consiste el honor que busca la magnanimidad? En que la persona reconoce que el honor por la satisfacción del deber cumplido, proviene de Dios. De esta forma la persona vincula su esfuerzo personal en la relación con Dios de tal manera que reconoce que sin él no puede hacerlo. El honor por tanto consiste en sentirse hijo de Dios amado por él.

¿Qué relación tiene la magnanimidad con las demás virtudes? Que la magnanimidad para aspirar a los grandes honores provenientes de Dios, es la virtud que me permite ordenar las demás virtudes —que deben ejercitarse excelentemente— para que su vida tenga una verdadera condición filial respecto a Dios.

¿Cómo saber si se actúa magnánimamente? Porque cuando realizamos actos difíciles procurando hacerlos de la mejor manera, no hacemos alarde del buen resultado que obtenemos o del buen proceso que llevamos en aquello que queremos lograr. Presumir de lo que hacemos no tiene nada de virtuoso, eso sería actuar para hacernos notar y muchas veces si este es el fin la soberbia es la que nos impulsa a actuar, no la búsqueda del bien a partir de la magnanimidad.

¿Cuáles son los vicios de la magnanimidad? La soberbia, la cobardía y la mediocridad. De estos tres se desprenden muchos más que no dejan que la persona busque la perfección del bien. La soberbia —como dijimos anteriormente— se conoce porque hacemos alarde del resultado parcial o total obtenido. La cobardía nos aleja del bien que buscamos, sin ni siquiera intentarlo. Y la mediocridad nos lleva a actuar buscando caminos fáciles y muchas veces ilícitos para obtener un bien. Además cuando se actúa con mediocridad, no se hace por el gusto de hallar un bien arduo de conseguir, sino que nos preocupa es el deber de cumplir, más no el querer hacer un bien.

Un claro ejemplo de la virtud de la magnanimidad, nos lo ha enseñado el Papa Benedicto XVI. Primero porque sintiéndose ya entrado en años, estaba organizando su jubilación en los cargos administrativos de la curia romana, cuando fue elegido Papa; y pudiendo decir que no dijo si. Y segundo porque con la renuncia que él mismo hizo a la cátedra de Pedro años después, nos enseñó que en verdad ejerció su papel de pontífice con magnanimidad, demostrándonos que no actuó por poder sino por servicio. Vale la pena leer estas cortas palabras Benedicto XVI sobre el inicio de su pontificado, donde nos señala que Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien:

«Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor:  ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve carta que me escribió un hermano del Colegio cardenalicio. Me recordaba que durante la misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret:  ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir:  sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su carta:  “Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre”. Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó otra opción que decir sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos, un cristiano jamás está solo». (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los peregrinos alemanes, 25.4.2005).

Ahora reflexionemos: Concretamente ¿qué debo cambiar de mi vida para salir de la soberbia, la cobardía, la mediocridad y actuar con magnanimidad?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la generosidad

Miércoles, 10 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que nos dispone a realizar grandes gastos para realizar adecuadamente una gran obra. También es conocida como la virtud de la munificencia.

¿El gasto se refiere solo al ámbito económico? No, se trata de gastar todo lo que este a nuestro alcance para lograr algo bueno. Dicho de otra forma, es un gasto que consiste en desgastarse por algo bueno.

¿Qué es lo fundamental de esta virtud? Aprender a dar la vida por los demás. esto implica darlo todo, desde los propios bienes materiales hasta los espirituales: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» Jn 15,13.De ahí que el hombre munificiente es uno que da con generosidad real, que no hace las cosas buscando el beneficio propio sino magnífica, de acuerdo con la recta razón.

¿Quién es realmente el generoso? El que da de lo que tiene, no de lo que le sobra. La persona generosa es aquella que regula el uso de las riquezas personales. Tal cual como nos lo enseña Jesús, en el donativo de la viuda: «De verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra; esta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir». Lc 21,3-4. 

¿La persona generosa siempre es justa? No, ambas virtudes se relacionan estrechamente porque coinciden en lo mismo: el dar un bien a otro. Sin embargo, el hombre justo da un bien como consecuencia de una deuda extrínseca y en cierta medida, exigible por el acreedor. En cambio, la generosidad no se funda en un deber extrínseco, sino en un deber que el propio sujeto se impone a sí mismo en la medida en que vive desprendido de sus posesiones.

¿Cuál es el vicio de la generosidad? El egoísmo y todos lo que se puede derivar de el. Quien es egoísta solo piensa en el beneficio propio. No le interesa desgastarse por los demás y mucho menos por sí mismo. No se puede confundir la generosidad con la adulación, pues esta solo busca dar ‘golpes en la espalda’ para solicitar algún beneficio. Solo la persona generosa se desgasta por otro o por algo bueno, donde incluye toda su vida conformada por riquezas materiales y espirituales.

Pensemos en la obra de la Redención —Cristo dio su vida por nosotros— que muchos santos han contemplado y escrito sobre esto mismo, pues se trata de un acto no solo generoso y magnánimo, sino que es el hecho mismo del amor de Dios que nos salva. Un bello ejemplo lo encontramos en este soneto a Cristo crucificado que compuso Santa Teresa de Jesús:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

¡Tú me mueves, Señor!  Muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme en fin, tu amor, y en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Ahora reflexionemos: ¿Por quién me desgasto de manera virtuosa?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador! 

La virtud de la paciencia

Martes, 02 Octubre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Es la virtud que se encarga de ayudarnos a tolerar los males con un ánimo tranquilo, es decir sin ningún tipo de perturbaciones, para que no abandonemos por nuestro desanimo las acciones que nos llevan a bienes mayores.

¿Entonces es una virtud que nos hace soportar todos los males? No, el paciente sobrelleva los males para conseguir un bien. No se trata de soportar todo lo que nos afecta negativamente porque no hay solución; esto sería un acto de negligencia y no de virtud.

¿Cuál es la diferencia entre la virtud de la Paciencia y la de la Fortaleza? En primer lugar hay que decir que la Paciencia es una virtud auxiliar de la Fortaleza y esto las relaciona estrechamente. En segundo lugar mientras que la Paciencia se dedica a tolerar los males para conseguir el bien, la Fortaleza ayuda para que la persona sea cada vez más fuente ante las tentaciones que se le presentan en el camino, para conseguir el bien anhelado.

¿La Paciencia es una virtud humana? Tiene su origen a partir de la virtud de la Fortaleza humana, pero solo puede desarrollarse como tal con el auxilio de la gracia. Es decir la persona paciente necesita que la gracia divina le señale el bien anhelado, para que el hombre lo identifique como un fin. Además la gracia también nos ayuda para soportar los males de forma sobrenatural.

¿Cuál es la relación estrecha que tiene la Paciencia con la gracia divina? Se encuentra en la Longanimidad como Fruto del Espíritu Santo, pues ahí se manifiesta la victoria de la Paciencia. Para lograrlo la persona necesita llevar una vida de oración y de comunión filial con Dios. Recordemos que los Frutos del Espíritu Santo son una gracia que Dios permite vivir a las personas que cultivan y piden en la oración constante los Dones del Espíritu Santo. Dicho de una manera más sencilla, los Frutos del Espíritu Santo son el resultado de vivir en la gracia de Dios. Tal cual como las frutas que brotan de la tierra, no se puede obtener un fruto sino se cultiva la semilla y se cuida el proceso de crecimiento.

Ahora bien, la tradición de nuestra Iglesia nos enseña que los Frutos del Espíritu Santo son 12. Así lo afirma la Sagrada Escritura (Ga 5,22-23); y también lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC 1832) afirmando que ellos son “primicias de la gloria eterna”. Pues bien, uno de ellos es el Fruto de la Longanimidad, el cual consiste en el animo sobrenatural, que recibe la persona para tener mayor resistencia ente las dificultades que se oponen al bien que se desea conseguir, permitiéndonos mantener perseverantes ante las dificultades. Y se puede decir que este fruto es la victoria de la Paciencia, porque cuando se recibe la ayuda del Espíritu Santo por medio de la Longanimidad, la Paciencia queda envuelta bajo la gracia divina. La persona paciente y bendecida por la Longanimidad, no solo es capaz de sobrellevar cualquier dificultad, sino que se convierte en un maestro de vida espiritual ante las dificultades.

¿Qué santos en nuestra Iglesia son modelos de paciencia? Todos los santos son modelos de santidad, no hay ningún santo que no sea Paciente. Existen algunos que tal vez en esta virtud se destaquen más, pero para conseguir la gracia plena de Dios, la Paciencia es una virtud que nos la garantiza con seguridad.

¿Cuál es el vicio de la Paciencia? La impaciencia. Para la persona impaciente esperar es una tortura, es más el impaciente se puede considerar un ególatra, pues todo lo desea, lo quiere inmediatamente afirmándose él mismo como el centro de todo. De ahí que el impaciente sufra constantemente y cuando le corresponde esperar, aguanta y soporta sin ningún tipo de sentido, pues está tan ciego encerrado en sí mismo que no ve el bien que esta detrás de la espera.

¿Qué peligros atentan contra esta virtud hoy? Todos aquellos donde se encuentra involucrada la impaciencia. Sin embargo es de gran notoriedad la inmediatez en la que vivimos. Nos gustan las soluciones rápidas, somos seguidores de personas de frases cortas y profundas, sea cual sea nuestro trabajo queremos resultados pronto, las redes sociales nos motivan vivir públicamente segundo a segundo nuestra vida. Por eso cuando nos llega alguna enfermedad, calamidad o cualquier tipo de crisis, comúnmente nos enloquecemos, porque no somos pacientes, solo ‘aguantamos para ver que se puede hacer’, pero esto no es ser paciente, esto es aguantar para recobrar la esquizofrenia constante de la inmediatez.

Y para nuestra reflexión preguntémonos: ¿Soy una persona virtuosamente paciente o soy de los que prefieren aguantar y soportar?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!

La virtud de la fortaleza

Lunes, 24 Septiembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? Ella se encarga de reafirmar las decisiones que tomamos en nuestra vida para mantenernos en el bien; y de esta manera nos ayuda a resistir frente a las tentaciones que se nos presentan. Además también nos ayuda a superar los obstáculos en la vida moral.

¿Por qué es tan famosa esta virtud? Porque la fortaleza es una de las cuatro principales virtudes cardinales, también llamadas morales. Por tanto es una virtud humana, no es sobrenatural. Su trabajo concreto está en ordenar los apetitos, gustos y pasiones cuando se afectan por la ira.

¿Qué dice la Iglesia sobre la virtud de la Fortaleza? Existen muchos documentos eclesiales y escritos de grandes santos sobre esta virtud. Sin embargo la voz de la Iglesia respecto de esta virtud en concreto, la encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La fortalezaes la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal118, 14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn16, 33)». CEC 1808.

¿Cuál es la diferencia entre la virtud de la fortaleza y el Don de la fortaleza proveniente del Espíritu Santo? En que la fortaleza como virtud es humana, por tanto es común a todos los hombres y no tiene nada que ver con el credo religioso. De ahí que las personas tengamos disciplina y coraje par hacer las cosas bien y superar obstáculos.

Ahora bien, el Don de la Fortaleza es sobrenatural, es decir proviene de Dios no de la naturaleza humana. El Espíritu Santo le concede este preciado Don a las personas para hacerlos más fuertes y firmes en la fe divina; y de esta manera adquieren una fuerza sobrenatural constante, para luchar contra los obstáculos imposibles para la naturaleza humana, que se oponen al amor de Dios.

¿Cómo obtener el Don de la fortaleza? Los Dones del Espíritu Santo se obtienen mediante la vivencia de las virtudes humanas y por la constante vida de oración. Por ejemplo alguien puede ser muy virtuoso en la fortaleza, pero si no es creyente en Dios, nunca obtendrá el Don de la Fortaleza. Pues para gozar plenamente de las virtudes y los Dones del Espíritu Santo, es indispensable la fe. Ya que ella —la fe— es una de las tres virtudes teologales que nos prepara para recibir toda Gracia sobrenatural.

No podemos limitar la acción de Dios, el obra en todas las personas inclusive en los no creyentes. Dios a ellos les puede conceder muchas Gracias sobrenaturales, pero la persona siempre será libre de aceptar estos Dones o no. No se trata de una ‘magia especial’ sino que es una ayuda sobrenatural que solo se puede ver y ser consiente de ello, por medio de la fe.

¿Cuáles son los vicios que se oponen a la virtud de la fortaleza? La cobardía, la impavidez y la audacia.

  • La cobardía: Porque consiste un miedo constante que nos impide ser valientes ante el mal. Generalmente el cobarde se esconde, no enfrenta la realidad y vive justificándose. Tristemente el cobarde aparenta dejar de serlo, cuando es señalado de miedoso, pues se muestra como valiente cuando en realidad no quiere enfrentarse al mal para derrotarlo a fuerza de bien.
  • La impavidez: Cuando nada se ama, nada se teme, por tanto la impavidez consiste en la corrupción del amor. Pensemos por ejemplo, lo que no se ama no se puede conocer. Ahora bien, decimos que amamos a alguien, es porque lo conocemos y queremos lo mejor para aquella persona que amamos. Por eso existe el temor de que algo malo pueda sucederle al ser amado. Pero tristemente existen personas que no les importa nada, viven con una actitud suicida y esto no solo los destruye a ellos, sino a la sociedad que comienza a sentirse valiente porque nada los asusta. Una sociedad que no ama es un pueblo que no tiene identidad, porque su frialdad se convierte en impavidez.
  • La audacia: Es el grado máximo de la perversión de la fortaleza, porque el audaz se cree tan valiente que desafía los peligros consiguiendo lo que nadie obtiene. Inclusive, puede conseguir cosas antes de tiempo. Este tipo de personas viven en constante pecado, pues se saltan las leyes y las normas divinas y naturales. Para el audaz no existe el temor de vivir sin Dios, sino de no conseguir lo que se propone. Sin embargo es increíble como los audaces viven orgullosos de estar siempre de manera firme en el peligro; y una vez estando en él se llenan de temor, pero no lo manifiestan por soberbia. La audacia no es ningún tipo de inteligencia, ni habilidad, ni mucho menos una característica de la brillantez. Y no se puede confundir con la astucia, pues esta también es un vicio que nace de la avaricia y solo se preocupa por el beneficio personal, oponiéndose a la virtud de la prudencia —en una próxima reflexión hablaremos de esto último—.

¿Entonces no es malo sentir miedo? Claro que no, el miedo hace parte de la naturaleza humana. Sentimos miedo cuando algo atenta contra lo que amamos. Por ello es necesaria la virtud de la fortaleza para superar el miedo; y de esta manera proteger lo que amamos. De ahí que el valiente solo resista ante el miedo, gracia a la virtud de la fortaleza, pues ella nos permite ser fuertes conforme a la razón.

Es claro que quien ama a alguien —o a sí mismo—, sienta miedo de que algo malo le ocurra a quien ama. Nunca querrá exponerlo ante el peligro, esto sería insensatez. Por ello la fortaleza como virtud nos permite proteger a quien amamos, porque ella se nos presenta en situaciones de las cuales no podemos salir, sino superando aquello a lo que le tememos, porque nos pueda hacer daño o afectar a quien amamos.

Ahora reflexionemos y preguntémonos:¿Soy una persona virtuosamente fuerte?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador! 

La virtud de la mansedumbre

Miércoles, 19 Septiembre 2018 00:00

Por: Fray Edward Augusto Vélez Aponte, O.P.

¿De qué se trata esta virtud? La mansedumbre es una virtud  que nos ayuda a calmar la pasión de la ira.

¿En que consiste la ira? La ira es una pasión humana que afecta nuestros apetitos y gustos. Y cuando se desordena busca el deseo de venganza como si fuera una sanción por algún mal que padecemos; o porque algo no salió como esperábamos.

¿Entonces es mala la ira? No, es un pasión que todos tenemos y por tanto hay que ordenarla para que se encause debidamente. La ira ordenada, nos da la fuerza, el vigor y la valentía para hacer las cosas sin rendirnos tan fácilmente. Es más, la ira nos ayuda a conseguir el bien que deseamos, sin ocasionar ningún tipo de venganza.

Cuándo la ira está ordenada ¿cuál es la función de la virtud de la mansedumbre? Aparentemente ninguna, puesto que la mansedumbre es una virtud que aplaca la ira cuando ella está desordenada. Ahora bien, aunque tengamos nuestra vida afectiva ordenada, es probable que no seamos personas irascibles, sin embargo existe la posibilidad, que por alguna causa la ira se nos despierte de una manera desbocada. Y es en ese preciso momento, cuando la mansedumbre nos ayuda a recobrar la cordura.

¿Cómo se relacionan la virtud de la mansedumbre y la ira? Por medio de la recta razón, ya que es una virtud que permite ser dueños de nosotros mismos, cuando tratamos de perder el control de nuestros actos a causa de un estado colérico. Es decir que cuando la ira toma posesión descontrolada de la persona, se convierte en un ser totalmente desconocido, porque su furia enceguece la razón. Por tanto la mansedumbre no deja que la ira llegue al extremo de hacernos perder la cabeza, a pesar de que nuestra vida afectiva esté desordenada. Sin embargo quien considera que tiene los afectos en orden, también puede desarrollar estados de ira, donde también allí la mansedumbre puede ayudarnos a recapacitar sobre nuestros actos. De ahí que una persona se reconozca mansa solo cuando ha sido probada por la ira.

¿Es correcto entonces enfadarse? Claro que si, hace parte de nuestra personalidad. El enfado es una muestra de que la ira está presente en nosotros. Lo importante es justificar nuestros disgustos; y si lo son por a causa del beneficio de la verdad, de la justicia y de la caridad hay que hacernos sentir, mediante el enfado pero sin perder la razón, esa es la excelencia de la mansedumbre. No olvidemos que el mismo Jesucristo se enfadó con los mercaderes del templo: «Jesús en el Templo y comenzó a echar fuera a los vendedores y compradores; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo» Mc 11,15-16.

¿Cuál es el vicio de la mansedumbre? La cólera, que es la misma ira. Es decir cuando la ira alcanza el deseo de venganza y desordena la razón se le llama cólera. Pero cuando se ordena para el bien, la ira se convierte en una gran pasión. Ahora respecto de la cólera, ella tiene alcances que deshumanizan y llevan a la enfermedad del cuerpo y del alma. Esto se presenta porque la sed de la venganza es insaciable y permite que aparezca el rencor.

¿Es imposible alcanzar la santidad si se tiene un temperamento irascible? No es imposible, es cierto que la mansedumbre aplaca la ira, pero esto no garantiza la santidad de la persona. Sin embargo, quienes tienen un temperamento irascible deben encausarlo en beneficio del Reino de los Cielos. Hay muchos santos que practicaron la virtud de la mansedumbre y encausaron su ira en el bien y en la justicia, por ejemplo: San Pedro el apóstol, San Pablo apóstol, San Jerónimo, San Ambrosio de Milán, San Agustín de Hipona, San Juan Crisóstomo, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio del Loyola, San Francisco de Sales, San Francisco Javier, Santa Eulalia, San Pío de Pietrelcina; y una larga lista de santos con carácter recio e irascible.

En importante recordar que en Jesús se encuentran todas las virtudes, humanas y sobrenaturales. Por ello una vez más, él es ejemplo de mansedumbre: «Vengan a mí todos los que estén fatigados y sobrecargados, y yo les proporcionaré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»  Mt 11,20-30.

Y para nuestra reflexión preguntémonos:¿Qué tan manso soy?

¡Que todo lo que hagamos sea siempre para honor y gloria de Dios Padre creador, Hijo redentor y Espíritu Santo santificador!